El presidente de EE UU retira sus amenazas sobre Groenlandia después de constatar la hostilidad europea en el Foro de Davos
La visita al Foro de Davos no ha sido precisamente el paseo triunfal que esperaba el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acostumbrado a llegar a los encuentros internacionales, acaparar la atención, a veces ofender a los anfitriones, proponer actuaciones normalmente irrealizables cuando no inaceptables y regresar a Washington sin que nadie se atreva a levantar la voz. Sin que se haya producido un abierto divorcio entre EE UU y sus aliados históricos, a los que el inquilino de la Casa Blanca se empeña en hostigar, lo cierto es que tanto Trump como sus colaboradores, que imitan el comportamiento de su jefe, se han encontrado por primera vez con la exteriorización explícita del malestar que genera. Las caretas han caído.
Trump llegó a la localidad suiza donde se celebraba el foro económico más elitista del mundo con una amenaza y una represalia bajo el brazo: Groenlandia sería anexionada, sí o sí, y los países de la OTAN y la Unión Europea que se opusieran serían sancionados con grandes aranceles. Sin embargo, cuando abordó el avión de vuelta Washington, lo primero se había convertido en una propuesta genérica verbal, un “marco para un futuro acuerdo” con la OTAN para aumentar conjuntamente la presencia militar en la isla atlántica de soberanía danesa. De lo segundo se retractó.








