Pocos momentos de la Segunda Guerra Mundial han sido analizados con tanto detalle como las horas que transcurrieron entre el despegue del bombardero Enola Gay de una base estadounidense en la isla de Tinian, a las 02.45, y el lanzamiento de la bomba atómica, bautizada Little Boy, contra la ciudad japonesa de Hiroshima a las 08.15 del 6 de agosto de 1945, hace ahora 80 años. En ese instante, la humanidad rompió una barrera que hasta entonces parecía infranqueable: la posibilidad de aniquilarse a sí misma.
La certeza de la destrucción absoluta se combinó con otro factor: el azar. La supervivencia dependió de una infinita red de casualidades. Estos tres elementos —la hora en la que todo cambió, la destrucción total y la dependencia del azar para sobrevivir— aparecen en las primeras páginas de Hiroshima, el reportaje que John Hersey publicó en 1946 y que muchos consideran el mejor texto periodístico de la historia (existe una edición en español traducida por Juan Gabriel Vásquez en Debate).
“La bomba atómica mató a 100.000 personas y estas seis estuvieron entre los supervivientes”, escribe Hersey, un reportero que entonces apenas había cumplido los 30 años y que no solo superó un listón periodístico con Hiroshima, sino también moral, porque escribió sobre aquello de lo que nadie quería que se hablara ni en Estados Unidos, ni en Japón: los efectos perdurables de la radiación, que provocaron que los supervivientes, conocidos como hibakusha, nunca tuvieran la seguridad de que la muerte no iba a surgir de cualquier rincón de su cuerpo. Los supervivientes de los bombardeos atómicos recibieron en 2024 el premio Nobel de la Paz “por sus esfuerzos para lograr un mundo libre de armas nucleares y por demostrar mediante el testimonio de testigos que las armas nucleares no deben volver a utilizarse nunca”.













