El reloj marca poco más de las nueve de la mañana. Los termómetros superan los 30 grados. En el frondoso bulevar se cruzan bicicletas, autobuses y coches. Una madre y su hija se inclinan en reverencia ante la entrada de un santuario; funcionarios trajeados caminan con prisa; escolares uniformados escuchan las explicaciones de sus profesores; turistas avanzan tras el banderín de su guía en dirección al río. Es una mañana de agosto en Hiroshima, 80 años después de que el Enola Gay, un B-29 estadounidense, lanzara contra la población de esta ciudad japonesa el arma más destructiva jamás empleada en una guerra: la bomba atómica.

“Fueron tantos los que murieron sin poder contar su historia… Por eso hablamos nosotros, para que no se olvide”, manifiesta Satoshi Tanaka, superviviente de la catástrofe ocurrida en agosto de 1945 y miembro de Nihon Hidankyo, la institución galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2024, “por demostrar mediante los testimonios de supervivientes que las armas nucleares no deben volver a utilizarse nunca”, según el Comité del Nobel.

Hiroshima ha sido reconstruida piedra a piedra, pero las cicatrices aún visibles de aquel ataque recuerdan a gritos que el mundo no puede permitirse repetir el infierno que aquí se vivió y que tres días después también experimentaría Nagasaki. No obstante, en un contexto marcado por la creciente desconfianza entre potencias, aquella lección parece que comienza a olvidarse.