El MUNDO conmemora este 6 de agosto el 80 aniversario del primer lanzamiento de una bomba atómica contra un objetivo bélico. Lo ejecutó Estados Unidos en los últimos días de la II Guerra Mundial contra la ciudad japonesa de Hiroshima. Tres días más tarde otra bomba atómica en Nagasaki, a 300 kilómetros de allí. Como consecuencia de ambos ataques, se calcula que más de 150.000 personas perdieron la vida, tanto en las explosiones como por los efectos de la radiación y las quemaduras. Desde entonces, se han fabricado decenas de miles de cabezas nucleares, de las cuales la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares calcula que más de 12.000 están activas, en manos de nueve países y presentes en otros seis. El uso de solo una parte de ese arsenal supondría la destrucción de la civilización humana tal y como la conocemos. Es un riesgo estremecedor y omnipresente con el que la humanidad vive desde entonces.

Sin embargo, las iniciativas de décadas contra el riesgo de un enfrentamiento nuclear han ido perdiendo vigencia una a una, conforme se han ido reencendiendo las tensiones entre las potencias y más países se han ido incorporando al club atómico. Bajo el marco de la guerra en Ucrania (en la que Rusia considera estar en guerra con la OTAN), tanto Moscú como Washington han ido renegando de sus compromisos de implementación de armas tácticas en Europa. El despliegue de bombas rusas en la vecina Bielorrusia y el regreso de parte del arsenal estadounidense al Reino Unido (por primera vez desde 2008) son señal de ello.