En una icónica escena de la película Un americano… de Roma (1954), del director Steno, el protagonista, interpretado por Alberto Sordi, se enfrenta cara a cara a un plato de espaguetis. “Macarrón, me has provocado y ahora te voy a comer”, le dice antes de hundir el tenedor en una ensaladera repleta de por lo menos medio kilo de macarrones. Su personaje se siente fascinado por todo lo que viene de Estados Unidos. Pero delante de un plato de pasta no se puede resistir. Escupe el pan con mostaza —“esto, para el gato”, dice— y sumerge la cara en el bol. La imagen cumple con todos los tópicos de la italianidad de mediados de los cincuenta, muchos de los cuales han resistido intactos en el imaginario colectivo hasta hoy en día.

Sin embargo, apenas una década antes, el fascismo tenía una idea distinta de lo que tenía que ser el verdadero hombre italiano. Y el fascista de manual no comía pasta. El régimen lo consideraba una moda extranjera, algo que no encajaba con el espíritu rural y nacionalista del hombre nuevo que teorizaba, e intentó obstaculizar su consumo, con escasos resultados. Cuando el 25 de julio de 1943, Benito Mussolini, el Duce, es arrestado, hay quien sale a calle para celebrarlo comiendo un plato de macarrones, en un gesto de desafío a la cultura que la dictadura intentaba inculcar. Nace así la pastasciutta antifascista, una tradición que se ha recuperado en las últimas décadas.