En estas últimas semanas, en las que se acumulan partidos de fútbol decisivos, festivales musicales y ferias del libro por doquier, hay una cita cultural que nunca saldrá destacada en los periódicos e informativos, pero que mueve a incontables adultos y los sienta en butacas. Hablo de las funciones de final de curso. Sí, esos eventos tan necesarios en las películas de Hollywood para que los protagonistas puedan sentirse mal por perdérselos o tengan que correr para llegar (aunque sea al final) y que sus hijos no tengan un trauma.
A poco que tus hijos hagan alguna extraescolar y tengan asignaturas creativas, estas últimas semanas te habrás encontrado la agenda llena de propuestas. Puede hacer años que no vas a un concierto porque los hacen tarde, no recuerdas ni la última Misión imposible que viste en cines, porque son tan largas que te duermes, y escuchas a tus amigos hablar del Primavera Sound o del Sónar, pero estos días también vas de festival en festival. Pero tú asistes a versiones actualizadas de cuentos infantiles, talent shows infantiles de los que ninguna televisión compraría el formato y todo tipo de exhibiciones con muchos niños y mucho calor.
Allí se mezclan los padres entusiastas que apoyan en todo a sus críos, ya sea por estar a su lado o para fomentar una vocación incipiente, con los desganados que se ponen a ver reels de Instagram porque no saben cómo mantener atención, junto con un montón de familiares que mantienen la atención con distintos grados de educación.






