Con el nuevo curso se acerca otra vez el abismo de la conciliación y su gran vacuna con efectos secundarios: las extraescolares. Habrá una parte importante de actividades que se cursen para conocer nuevos campos o potenciar habilidades, pero para muchas familias lo esencial es que estas actividades den una hora y pico de margen para recoger más tarde a los niños. Así que muchos padres empiezan a valorar desde junio la oferta educativa de la zona, mirando precios, horarios, combinaciones familiares y reseñas verbales de amigos y conocidos, que recomiendan o critican según les haya ido.

Los encargados de las extraescolares ya conocen las típicas dudas y abandonos de última hora de las familias y por eso tienen un remedio infalible: la matrícula. Ese concepto abstracto, que a veces solo consiste en renovar el cobro de los alumnos que continúan, les permite rascar una mensualidad encubierta por si al final el interés del alumno o de la familia solo dura un par de semanas.

Sea como sea, una vez has mirado decenas de flyers y PDFs, si hay interés y dinero para pagarlo, llega el momento de hacer el cónclave extraescolar. Y aquí surge el dilema: ¿quién debe tomar la última decisión? ¿Los padres porque valoran el global de todo el curso? ¿O los hijos porque les tiene que apetecer? Aunque ya sepamos que, a veces, las ganas van y vienen y a los dos meses te pueden montar un pollo para que les borres de esa actividad que hasta hace nada era imprescindible para su existencia.