Los corderos balaban hace un año en el descampado de Tabriquet, un mercado popular que traslada la atmósfera del Marruecos profundo hasta el corazón urbano de Salé, limítrofe con Rabat. En vísperas del Eid el Adha, la Fiesta del Sacrificio que culmina las celebraciones musulmanas dos meses después del Ramadán, esta vez no hay borregos vivos a la venta en Tabriquet para su degollamiento en cada hogar, como manda la tradición islámica en memoria de Abraham, dispuesto a cortarle el cuello a su hijo Isaac por orden divina.

“El rey se ocupa de su pueblo, por eso ahora se ha suprimido el sacrificio”, aclara resignada la maestra Fátima (declina facilitar su apellido), de 62 años, en la cola de una concurrida carnicería. “Tengo el frigorífico lleno para las fiestas. Hay pescadilla y gambas, de todo... pero un Eid el Kebir (Fiesta Grande) sin carne de cordero no es una fiesta”, detalla con pedagogía ante un mostrador surtido de perniles y costillares de carnero; de cabezas, callos y todo tipo de despojos ovinos, en pleno regateo de zoco.

En su condición de Comendador de los Creyentes, Mohamed VI canceló en febrero la Fiesta del Cordero, una de las celebraciones más identitarias de los marroquíes, por “las dificultades debidas a los desafíos climáticos y económicos que han provocado una disminución sustancial de la cabaña de ganado”, según rezaba un comunicado oficial tras seis años de sequía, y para “no perjudicar a grandes sectores de la población con ingresos limitados”.