El Gran Premio de España de Fórmula 1, que este año se disputa en las calles de Madrid, ya está en marcha, con una jornada de viernes que deja un muy buen sabor de boca en el paddock, ya que el Madring ha demostrado ser un circuito con personalidad, aunque aún queda la prueba más importante, las carreras. Desde la primera tanda de entrenamientos de Fórmula 3, quedó claro que no todos los pilotos le han pillado el truco al recorrido en torno a IFEMA. El primer accidente, del italiano Nicola Lacorte, fue el primer aviso, aunque no el último, de que las enlazadas posteriores a la espectacular Monumental son uno de los lugares más complicados de todo el calendario. El hecho quedó probado más allá de toda duda con el durísimo golpe de Tasanapol Inthraphuvasak, cuyo F2 acabó en llamas. Aun así, nada opacó a la F1, cuyos pilotos acapararon todos los focos en una llegada al paddock que apelotonó a periodistas, fotógrafos y VIPs. El turno de las grandes estrellas llegó en unos entrenamientos libres tras los que la sensación está dividida entre la emoción y la preocupación por la peligrosidad de un circuito que no perdona los fallos. Escapatorias pequeñas, muros pegados a los límites de la pista y pianos altos confeccionan una trampa para los menos hábiles, los más despistados o los que peor miden el paso por curva. Como debe ser. Todo ello en una jornada más cordial y menos distendida que la del jueves, en la que dada la gran dificultad que conlleva ver monoplazas en acción para la prensa (aunque siempre se puede encontrar una vía), se echa de menos el ruido y el olor a gasolina que estas unidades de potencia híbridas han reducido considerablemente. La nota positiva, el ambiente, por la parte de los espectadores. A pesar de que durante toda la jornada Fernando Alonso y Carlos Sainz han estado muy lejos de las posiciones interesantes, el aliento de sus seguidores no ha faltado. Eso sí, tan solo perceptible en la distancia, pues la conectividad entre las entrañas del circuito con las gradas o las zonas habilitadas a los fans es prácticamente nula. Los ratos muertos en el paddock son el momento perfecto para observar los entresijos del Gran Circo, un ambiente en el que los ingenieros de distintos equipos se reúnen para colar caladas discretas, personalidades reconocidas ya sin cargo recuerdan batallitas y saludan como quien se reúne con sus excompañeros de universidad, y las familias más discretas se refugian en los hospitalities. Un debutante en este entorno intenta imitar el ejemplo, haciendo migas con ingleses, argentinos o italianos en busca de caras cómplices con las que compartir investigaciones, desventuras organizativas o simplemente un gelatto con el que combatir el tedioso sol que azota a los que se aventuran a abandonar el aire acondicionado de la sala (o más bien pabellón) de prensa, para darse un nuevo paseo entre ingenieros, mecánicos y pilotos en busca de historias que contar (o callar).