Hace 25 años, el atentado contra las Torres Gemelas inauguró una nueva época política signada por el miedo. El 11-S no solo desencadenó la llamada “guerra contra el terrorismo” y la invasión de Irak, sino que consolidó un clima de sospecha hacia el mundo musulmán y una percepción permanente de amenaza que hoy sigue vigente en Europa y Estados Unidos alimentando la xenofobia. Para la primera potencia mundial, la existencia de un enemigo difuso y omnipresente también funcionó como un poderoso factor de cohesión interna tras la caída de la Unión Soviética: las supuestas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, que nunca aparecieron, fueron parte de la justificación de una guerra que necesitaba construir una amenaza extraordinaria para obtener respaldo político y social. El cine, como suele ocurrir, absorbió esa paranoia y la convirtió en relatos sobre terroristas, catástrofes y sociedades amenazadas por enemigos invisibles. Un cuarto de siglo después, la amenaza cambió de forma, pero no necesariamente de lógica. Hoy la paranoia global ya no gira principalmente alrededor del terrorista que puede atacar en cualquier momento, sino de una inteligencia artificial que podría escapar de nuestro control y “matarnos a todos”.