Se cumplen veinticinco años de aquella mañana en la que dos aviones derribaron las Torres Gemelas, otro impactó contra el Pentágono y un cuarto cayó en Pensilvania. El 11 de septiembre de 2001 no cambió el mundo de un día para otro, como tantas veces se ha repetido. Pero sí modificó su trayectoria. Alteró las prioridades de Estados Unidos, transformó nuestra concepción de la seguridad, legitimó nuevas formas de intervención militar y vigilancia y contribuyó a acelerar procesos cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Un cuarto de siglo después ¿qué ha cambiado? Veámoslo en seis notas:PublicidadPrimera. Estados Unidos ganó la guerra contra Al Qaeda, pero perdió buena parte de la posguerra.El objetivo inmediato después del 11-S era destruir la organización que había atacado territorio estadounidense. Al Qaeda perdió su capacidad operativa, Bin Laden fue eliminado y el terrorismo yihadista dejó de ocupar el lugar central que tuvo durante las primeras décadas del siglo. Pero la respuesta estadounidense terminó siendo mucho más ambiciosa que el objetivo inicial. Afganistán se convirtió en una guerra de veinte años que terminó con el regreso de los talibanes al poder. Irak, que nada tuvo que ver con los atentados, fue invadido en 2003 bajo argumentos que posteriormente demostraron ser falsos. La llamada guerra contra el terror acabó extendiéndose desde Oriente Medio hasta el Sahel y el Cuerno de África.La paradoja es formidable. Estados Unidos consiguió reducir considerablemente la amenaza que había provocado el 11-S, pero lo hizo a costa de desgastar su legitimidad internacional, consumir enormes recursos y alimentar una inestabilidad cuyas consecuencias todavía estamos gestionando.Segunda. El momento unipolar terminó mientras Washington miraba hacia Oriente Medio.En 2001 Estados Unidos parecía incontestable, la Pax Americana se imponía. Rusia atravesaba todavía las consecuencias de la descomposición soviética y China acababa de ingresar en la Organización Mundial del Comercio. La superioridad militar, tecnológica, económica y política estadounidense parecía confirmar la llegada de aquel momento unipolar anunciado tras el final de la Guerra Fría.Veinticinco años después, ese mundo ha desaparecido.Mientras Washington dedicaba una parte extraordinaria de su atención estratégica a Afganistán, Irak y la lucha antiterrorista, China protagonizó una transformación económica, tecnológica y militar sin precedentes. Rusia reconstruyó su capacidad de poder y terminó utilizando la guerra para revisar el orden europeo. El centro de gravedad internacional se desplazó progresivamente hacia Asia. Obama activó entonces el Pivot to Asia, llegó tarde. Hoy, la gran amenaza que imagina Washington ya no es una organización terrorista escondida en las montañas afganas. Es otra gran potencia.PublicidadTercera. De la globalización feliz hemos pasado a la geopolítica de la interdependencia.El mundo de 2001 todavía confiaba en que comercio, globalización e interdependencia producirían convergencia política y estabilidad. China entraba en la OMC, Europa avanzaba hacia su gran ampliación (2004) y Rusia todavía buscaba algún tipo de acomodo dentro del orden occidental.Hoy utilizamos un vocabulario completamente diferente: autonomía estratégica, seguridad económica, materias primas críticas, cadenas de suministro, soberanía tecnológica, aranceles, sanciones.La energía puede convertirse en arma. Los semiconductores son instrumentos de poder. Los cables submarinos y los satélites son infraestructuras estratégicas. Las dependencias comerciales han dejado de interpretarse únicamente como fuente de prosperidad y se contemplan como vulnerabilidades.PublicidadNo ha terminado la globalización. Ha terminado su inocencia.Cuarta. La excepcionalidad se ha normalizado.Quizá esta sea una de las herencias más profundas del 11-S. La lucha contra el terrorismo legitimó un gigantesco aparato de vigilancia, controles fronterizos, recopilación de datos, drones, listas de sospechosos y expansión de los poderes ejecutivos.Muchas de aquellas medidas fueron presentadas como excepcionales. Una parte importante terminó quedándose.Y esa lógica ha viajado mucho más allá del terrorismo. Migración, fronteras, pandemias, desinformación, ciberseguridad o competencia tecnológica se formulan mediante el lenguaje de la seguridad. Cuando prácticamente cualquier cuestión puede convertirse en amenaza existencial, la frontera entre política ordinaria y política de excepción comienza a desaparecer.El mundo posterior al 11-S no inventó la securitización. Pero contribuyó decisivamente a normalizarla.Quinta. El orden liberal que pretendíamos defender se ha debilitado también desde dentro.Después de los atentados, George W. Bush presentó la respuesta estadounidense como defensa de la libertad frente a quienes la odiaban. Afganistán e Irak terminaron incorporándose incluso a una narrativa de democratización de Oriente Medio. Resulta difícil imaginar ese discurso en 2026.Las democracias liberales atraviesan procesos profundos de polarización, desconfianza institucional, crisis de intermediación y erosión de los contrapesos. El autoritarismo ya no aparece únicamente como una amenaza exterior procedente de Rusia o China. La erosión democrática se produce también desde dentro de sistemas formalmente democráticos. Hoy Estados Unidos, bajo Trump, ha dejado de presentarse inequívocamente como garante del orden liberal internacional. En 2026 la división del mundo entre democracias y autocracias resulta cada vez menos capaz de explicar cómo funciona realmente el poder.Sexta. Hemos pasado del miedo al terrorismo al miedo al desorden.Esta es quizá la transformación que resume todas las anteriores. El 11-S produjo un enemigo reconocible. Al Qaeda tenía nombre, liderazgo, territorio y una ideología identificable. El mundo de 2026 resulta mucho más difícil de ordenar.Guerra en Ucrania. Guerra con Irán. Rivalidad entre Estados Unidos y China. Crisis del multilateralismo. Rearme. Cambio climático. Inteligencia artificial. Desinformación. Migraciones. Competencia por recursos y tecnologías. Polarización política. No existe una amenaza que organice todas las demás. Han aparecido nuevos conceptos para nombrar esta situación, policrisis, permacrisis, que intentan ofrecer un diagnóstico que permita una mejor comprensión de lo que sucede. Policrisis como la simultaneidad de crisis independientes que se retroalimentan y amplifican, o permacrisis o la sensación de crisis permanente y sin un final claro, son conceptos que se han instalado en nuestro lenguaje.Por eso el aniversario del 11-S debería servir para algo más que recordar dónde estábamos aquella mañana. También permite comprender hasta qué punto ha desaparecido el mundo en el que aquellos atentados tuvieron lugar. En 2001 temíamos que actores no estatales fueran capaces de destruir el orden internacional. Veinticinco años después, el problema es diferente y quizá más inquietante: son los propios Estados, incluidas algunas de las potencias que construyeron aquel orden, quienes están cuestionando sus reglas acompañados de nuevas propuestas de organización política y económica como las de los tecnoligarcas.PublicidadEl 11-S inauguró la era de la guerra contra el terror. Su vigésimo quinto aniversario nos encuentra ya en otra época: la de la competencia por decidir qué orden, si alguno, ocupará el lugar del que estamos dejando atrás.
25 años después del 11-S: seis notas sobre el mundo que dejamos atrás
Hoy, la gran amenaza que imagina Washington ya no es una organización terrorista escondida en las montañas afganas. Es otra gran potencia












