Actualizado a las 20:31h.
Para entender el mundo en que vivimos –caracterizado por el grave declive que sufren nuestras democracias frente al ímpetu coordinado de las autocracias– hay que remontarse a las dos brutales crisis con las que se abrió paso el siglo XXI. La primera fue la ofensiva terrorista lanzada por Al Qaida contra Estados Unidos en 2001, seguida por las llamadas «guerras eternas» libradas tanto en Afganistán como en Irak. Y la segunda, el colapso financiero de 2008 con efectos todavía no superados hoy y el dilema desigual de a quién se decidió rescatar y a quiénes se dejó merced a su suerte. Esos dos trances, cada uno terrible a su manera, explican la llegada al poder del trumpismo y la mutación sufrida por Estados Unidos durante el último cuarto de siglo hasta resultar irreconocible tanto en su política nacional como internacional.
El 11 de septiembre de 2001, un martes, empezó como una de esas luminosas mañanas que apuntan, superados los rigores del verano, la llegada del otoño. Tras un pulso judicial con Al Gore para dirimir el ganador de las elecciones presidenciales por un puñado de votos en Florida, Bush hijo llevaba 234 precarios días al frente de la Casa Blanca. La conversación política en Washington se centraba en la privatización parcial de las aportaciones de los estadounidenses para sufragar las pensiones públicas. En materia de seguridad y defensa, se insistía en la necesidad de empezar a tomarse en serio la creciente amenaza de países distintos de Rusia armados con misiles de largo alcance.











