Eva Olsson arrastra a duras penas su carrito de la compra por una calle empinada de la ciudad sueca de Eskilstuna. A sus 84 años, le pesa la vida. “Ya no me queda nadie. Me siento una extraña en el lugar al que llegué de joven”, lamenta. “He ido al supermercado y solo me he cruzado con negros. No tengo nada en contra de los inmigrantes, pero sí de que se concentren en algunas zonas y no muestren interés por integrarse. Nos han robado el barrio”, sostiene. Durante casi seis décadas votó siempre al Partido Socialdemócrata, pero ella y su marido —fallecido hace unos meses— optaron en 2022 por el ultraderechista Demócratas Suecos, y tiene claro que volverá a votarlos el próximo domingo. “Son los únicos capaces de solucionar esto”, sentencia.Olsson reside en Fröslunda, un suburbio de bloques residenciales de baja altura construidos en los años cincuenta. Se mudó allí con su esposo cuando este empezó a trabajar en una planta siderúrgica. “Todos los amigos que tenía aquí se marcharon hace años. Si no tuviera un pie en la tumba, yo también haría las maletas”, afirma la anciana. De los apenas 4.000 habitantes de Fröslunda, casi tres cuartas partes son de origen extranjero, en su mayoría somalíes y eritreos. Fröslunda es una de las 65 zonas vulnerables de Suecia, una categoría oficial con la que la policía identifica barrios marcados por la precariedad socioeconómica y la influencia de las redes criminales. La tasa de paro supera el 25% y más de la mitad de sus habitantes vive en riesgo de pobreza. La población ha caído un 12% en los últimos cinco años. Además, varios tiroteos han agravado la sensación de inseguridad y abandono.El deterioro de Fröslunda es la expresión más aguda del declive de Eskilstuna (106.000 habitantes), una antigua potencia siderúrgica que vivió su apogeo a finales de los sesenta, cuando miles de finlandeses llegaron para trabajar en sus fábricas. La crisis industrial de mediados de los setenta provocó cierres y despidos, dejando una herida que la ciudad nunca ha terminado de cicatrizar. Hoy quedan calles semidesiertas, locales cerrados desde hace años y un tejido industrial incapaz de generar el empleo de antaño.Eskilstuna es el único municipio sueco de más de 100.000 habitantes que pierde población, además de la segunda ciudad con mayor tasa de paro, solo superada por Malmö. La decadencia industrial ha debilitado también su histórica hegemonía socialdemócrata: en las elecciones parlamentarias de 1968, el partido rozó el 60% de los votos en la localidad. Aunque sigue siendo la primera fuerza, en los comicios de 2022 Demócratas Suecos obtuvo un 24,2%, su mejor resultado entre las principales ciudades del país.Desde la caseta electoral de los socialdemócratas en el centro de la ciudad, el exdiputado nacional Lars Linder admite que su formación no ha sido capaz de ofrecer soluciones a los trabajadores que llevan años desempleados. Mientras reparte folletos del programa —impresos en sueco, finlandés, árabe y somalí—, señala que Demócratas Suecos les vende una fórmula mágica: “Estás en el paro porque un inmigrante te ha quitado el puesto, y eso lo vamos a remediar”.Este trasvase de votos se extiende por buena parte de la clase trabajadora del país nórdico. Una encuesta publicada en mayo por el instituto nacional de estadística refleja que el 36% de los afiliados a la principal confederación sindical sueca simpatiza con los socialdemócratas, frente al 30% que se inclina por Demócratas Suecos. “La clase trabajadora ha estado infrarrepresentada por todas las fuerzas políticas”, explica Olle Folke, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Uppsala. “El Partido Socialdemócrata es el que cuenta con más representantes de origen obrero en términos absolutos, pero el resultado es igual de deficiente si se compara con el peso real de la clase obrera en su electorado. Los Demócratas Suecos, en cambio, tienen la mayor proporción de trabajadores entre sus cargos”, añade.La ultraderecha ha condensado su mensaje electoral en un lema de clara inspiración trumpista: “Hagamos que Suecia vuelva a ser Suecia”. Su líder, Jimmie Akesson, se paseó escoltado por el centro de Eskilstuna hace unas semanas, atendiendo a los medios y fotografiándose con simpatizantes. “Mi intención es gastar exactamente cero coronas en integración”, declaró. “Quienes no aprendan el idioma y se adapten, deberán regresar a su país”. Los socialdemócratas han tratado de contener a la ultraderecha endureciendo su propio discurso sobre la inmigración. Durante una visita a Fröslunda a principios de agosto, su líder, la ex primera ministra Magdalena Andersson, insistió en la necesidad de acabar con la concentración de población extranjera en los suburbios. En la campaña de 2022 declaró que en Suecia no debería haber “Chinatowns” ni “Somalitowns”, unas palabras por las que se disculpó posteriormente. Ahora intenta recuperar a votantes como Olsson sin perder a los de origen migrante.El giro de los socialdemócratas en materia migratoria no es reciente. En 2015, el país escandinavo recibió 163.000 solicitudes de asilo, una cifra sin precedentes que desbordó su capacidad de acogida. El Gobierno del socialdemócrata Stefan Löfven alcanzó entonces un amplio acuerdo con la oposición para endurecer los requisitos de asilo y reagrupación familiar. Lo que comenzó como una respuesta excepcional terminó marcando un punto de inflexión en uno de los países europeos tradicionalmente más abiertos a la inmigración. El Gobierno de coalición de derechas que surgió tras las elecciones de 2022 —del que no forma parte Demócratas Suecos, aunque depende absolutamente de su respaldo en el Parlamento— ha endurecido aún más la política migratoria.Los socialdemócratas han respaldado en estos años, de forma expresa o tácita, buena parte de las reformas y aseguran que no darán marcha atrás si regresan al poder. A principios de verano, los sondeos apuntaban claramente a que recuperarían el gobierno tras las elecciones de este domingo, pero aunque siguen siendo favoritos, el margen se ha estrechado notablemente. Los ultraderechistas inciden en que Andersson no podrá gobernar, en ningún caso, sin el apoyo de La Izquierda y Los Verdes, partidarios de una política migratoria mucho menos restrictiva. Alar Kuutmann, afiliado de La Izquierda desde hace casi medio siglo, reclama que la campaña se centre en la desigualdad. Según Oxfam, los 46 ciudadanos más ricos del país escandinavo poseen más riqueza que casi ocho millones de habitantes juntos (el 75% de la población). “Mucha gente que lo pasa mal se agarra a las promesas vacías de la extrema derecha”, afirma Kuutmann, que acusa a Demócratas Suecos de estigmatizar a los inmigrantes.A sus 74 años, asegura que nunca había percibido tanto interés por La Izquierda en los suburbios de Eskilstuna, tradicionalmente feudos socialdemócratas. A su juicio, el intento de competir con Demócratas Suecos ha dejado desconcertado al sector más progresista del partido. “Quieren acercarse a las posiciones de la ultraderecha sobre inmigración y seguridad para que no se les pueda acusar de blandos. Pero no se puede estar en los dos sitios al mismo tiempo”, concluye.
Los socialdemócratas y la ultraderecha pugnan por el voto obrero en Suecia
Los progresistas aspiran a recuperar el poder en el país escandinavo en las elecciones del domingo











