Este año Madrid ha hecho doblete de eventos grandes, multitudinarios e inusuales. Primero fue la visita del Papa León XIV justo antes del verano, rompiendo con más de una década sin que un pontífice visitara la capital. Y ahora llega la guinda del pastel, de la que tanto el Ayuntamiento como la Comunidad de Madrid han alardeado por su alto impacto internacional y el retorno económico esperado: el Gran Premio de Fórmula 1, en el que Ifema ya ha gastado casi 200 millones de euros en el circuito. Ambos hitos, tanto el viaje apostólico como ahora el espectáculo deportivo, tienen en común ser acontecimientos de gran calado sucedidos casi en paralelo. Y algo más: las instituciones han desplegado en ellos recursos propios, flexibilizado normativas, alterado la normalidad en las escuelas e incluso expulsado indirectamente a los vecinos de forma temporal de sus casas.
Las autoridades han defendido que este tipo de eventos “compensan” a Madrid por el beneficio económico. Pero entre sus vecinos muchos han tenido que apañárselas para salir de casa ante la llegada de miles de visitantes en sus barrios y el ruido ensordecedor, primero por las obras y ahora por las carreras. “Mi vecina lleva desde junio teletrabajando en Isla Cristina (Huelva) solo porque no quería saber nada de la Fórmula 1”, confiesa Constantino Blanco, que además de ser vecino de Hortaleza –el distrito que atraviesa el circuito, junto con el entorno de Barajas y Valdebebas– es desde hace meses el portavoz de la principal plataforma civil de residentes aliados contra las afecciones del Gran Premio. Primero intentaron pararlo en los tribunales y dar marcha atrás al plan, pero no lo consiguieron.















