10/09/2026 a las 13:19h.
Resulta que hay más lectores, pero cada vez se lee menos. He aquí una de las maravillas estadísticas de nuestra modernidad, que logra aumentar una cosa mientras desaparece la cosa misma. Hemos ensanchado tanto el concepto de lector que ya como lector nos sirve cualquiera. ... Lee quien consulta Tinder, lee quien sigue un hilo de WhatsApp, lee quien repasa Instagram, lee quien atraviesa Twitter, o X, o como se llame el artefacto esta semana. El peatón que somos pasa el día delante de palabras, y por eso hemos decidido que pasa el día leyendo. Pero leer palabras no es leer, obviamente. También leemos la carta de un restaurante o la ficha técnica del yogur, y nadie sale de ahí convertido en discípulo de Borges. Hemos confundido la lectura con el puro estrés cibernético de la palabra. Todo esto lo avala en informe PISA, sólo que yo lo digo de otra manera. Este informe nos ha estropeado la fiesta, porque luego viene el negociado de Urtasun y dice que leemos muchísimo. El informe PISA insiste en que la comprensión lectora de los jóvenes sigue cayendo. En España, sólo un 68 por ciento de los alumnos de 15 años alcanza el nivel mínimo de competencia lectora. De manera que fabricamos lectores por millones, que es como decir que fabricamos gentío que no sabe muy bien qué ha leído. Ésa es la paradoja. Nunca tuvimos tantas letras alrededor, y quizá nunca importó menos comprenderlas. Leemos mucho, porque no salimos del móvil. Leer ahí tanto es el mejor modo de no leer nada. La palabra ahí pasa, cuando un libro exige justamente lo contrario, que es quedarse. O sea, admitir una frase difícil, dudar, entender que alguien habla distinto. Leer consiste también en soportar durante un rato que el mundo no sea exactamente como uno quiere. Eso lo lleva mal nuestra época. El algoritmo nos devuelve continuamente a nuestros gustos, nuestros amigos, nuestros deseos, nuestras manías. El libro, en cambio, puede conducirnos exactamente adonde no queríamos ir. PISA ha tasado la comprensión lectora, en los jóvenes, que aclara así la creciente dificultad para detenernos delante de una idea. Tenemos lectores, y palabras, y pantallas. Ya sólo nos falta una bobada, la lectura.














