Con su defensa de la actuación del Centro Nacional de Inteligencia, la ministra de Defensa, Margarita Robles, se quedó sola dentro del Gobierno. Reconocer que el CNI hizo correctamente su trabajo implicaba que entonces el Ejecutivo -a través de su Delegación en Ceuta y del Ministerio del Interior- no había hecho el suyo: diseñar escenarios ante la información recibida y adoptar medidas para contrarrestar la amenaza.

La exmagistrada se mantuvo cuando el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, negó que existieran informes de inteligencia sobre Ceuta. Y siguió en su posición cuando su compañero moduló su versión hasta la que respaldaría Moncloa después: había informes, pero no avisaban de la magnitud que acabó teniendo la entrada masiva. Robles no cedió y cuando compareció ante el Congreso el pasado 25 de agosto advirtió que ella no acudía a la Cámara Baja "con una narrativa" sino a "explicar los hechos". "Nada me gusta menos" que trabajar con "argumentarios", desafió. La ministra subrayó que los servicios de inteligencia “realizaron la labor que competencialmente les era y es exigible” y que su información se “compartió y analizó” con las Fuerzas de Seguridad del Estado y con la Delegación del Gobierno en Ceuta.