Un taller, una tienda de zapatos, una carnicería... todas las ciudades comparten servicios, pero recorrer sus calles supone una experiencia diferente siempre que miremos más allá del teléfono. Cada pequeño autónomo y comercio busca llamar la atención del viandante y, a la vez, contar su propia historia, como la época en la que arrancó su negocio y sus correspondientes modas estéticas. En esta ocasión subyace la inspiración del rotulista, esa profesión casi anónima y que ha sido responsable de dar alma a las ciudades durante décadas, sustituida ahora por una producción más estandarizada. Con los años, algunos locales han terminado formando parte de la ciudad, con su rótulo como último vestigio después de una jubilación o un cierre.

Arropados con este espíritu, casi una decena de voluntarios -entre ellos, varios diseñadores, arquitectos o documentalistas- llevan varios años documentando la cartelería y señales tradicionales de la ciudad y la provincia a través de la iniciativa Valladolid con carácter, alrededor de la cual han publicado ya dos libros con fotografías de Miriam Chacón y José Ignacio Gil. Hace poco han comenzado también a atesorar como parte de su patrimonio histórico y cultural. “Actuamos cuando vemos que un rótulo está en peligro de desaparecer”, explica Laura Asensio, diseñadora gráfica y una de las protagonistas de esta iniciativa.