Siempre los mismos consejos para todos: guardar la horchata cerca del fondo de la nevera, nunca en una de una de las baldas de la puerta, y, si se va a probar junto con el agua de cebada, mejor beber primero esta última para que la horchata, que tiene mucho más cuerpo, no estropee el sabor.

A sus 59 años, José Manuel García López lleva ya 21 detrás del Kiosko Narváez, un puesto pintado con franjas azules y blancas y que está adornado con fotos antiguas que hablan de su historia centenaria. Se ubica cerca de la plaza de Felipe II, en el céntrico distrito de Salamanca, no muy lejos del parque del Retiro, en Madrid. Ayudado por Milton Chung, un peruano de 43 años que, comenta, nunca ha trabajado en un lugar con tanta historia, García no se cansa.

No se cansa de preparar las bebidas que llevan dando sustento a su familia desde hace más de 100 años ni de atender clientes en mitad del calor seco e inmisericorde del verano madrileño. Tampoco de reivindicar su oficio ni de investigar y contar la historia de su negocio, que ha puesto negro sobre blanco en un libro que se puede comprar en el propio puesto por 16 euros y que resulta delicioso para los apasionados de la historia de Madrid: El kiosko de horchata de la familia Guilabert (Uno Editorial). Porque García López no regenta un quiosco cualquiera: lleva el último aguaducho de Madrid.