Josep abre cada mañana a las siete su quiosco de la calle Aribau de Barcelona, el mismo que regenta desde hace treinta años. Ha visto pasar a cuatro alcaldes, dos crisis económicas y la desaparición de media docena de cabeceras de prensa que antes vendía a montones. Hoy, apenas despacha una decena de periódicos al día, frente al centenar largo que movía a finales de los noventa. “Antes esto era un negocio de verdad. Ahora es simplemente sobrevivir”, resume.
A su alrededor, explica, el barrio ha perdido establecimientos como el suyo, uno tras otro: “Hay gente que tiene que caminar hasta cuatro calles para poder comprar el periódico porque su quiosco ya no existe”.
En Barcelona quedan 288 quioscos, después de que 51 hayan desaparecido desde 2018, según datos municipales. De los que siguen en pie, 254 están adjudicados a un titular, nueve se han cedido a entidades de personas con discapacidad y el resto permanecen vacíos, sin nadie que quiera hacerse cargo de ellos.
Otro cambio es que la prensa ha dejado de ser lo más vendido y, por contra, ha dejado paso a otros productos y servicios, que ya representan la mayoría de la facturación. La venta de diarios y revistas ha quedado reducida a un 30%. Ahmed es uno de los que ha decidido dar un giro a su negocio y, desde la plaza Urquinaona, se enfoca en los turistas.







