El venezolano Mauro Pérez vende en el único quiosco de prensa abierto en Castellar L’Oliveral, una pedanía de Valencia de 7.000 habitantes, entre nueve y 15 periódicos diarios, según la semana. “Son los mismos clientes los que vienen a diario a por su ejemplar y la edad suele rondar los 70 años o más”, explica. Revistas vende más, pero reconoce que ha sido muy complejo sacarle rentabilidad, más que nada porque le obligan a pagar fianza y el descuento de las devoluciones tarda en llegar y le exige invertir más dinero del que al final percibe por las ventas. Después de ocho meses en su “localcito“, reconoce que ahora maneja mejor los pedidos y percibe más entrada de dinero. “Hace falta actitud, compromiso y muchas horas abierto”, asegura. El Quiosco de Mau, así se llama, es uno de los tradicionales puntos de venta de prensa en la vía pública que pelean cada día en España por sobrevivir ante el descenso de ventas que ha traído la transformación digital y los cambios de los hábitos de consumo. Atrás queda la época dorada en que los valencianos, al menos lo más ávidos de noticias, se acercaban hasta el histórico puesto ambulante de prensa y revistas de Ventura en la plaza del Parterre a por su ejemplar impreso. En la ciudad de Valencia hay 53 quioscos en funcionamiento en la vía pública ―esos que apenas miden seis o siete metros cuadrados y rebosan de objetos expuestos―, a los que en unos meses se añadirán otros 21 que cerraron conforme se jubilaban o se daban por vencidos sus dueños. El Ayuntamiento de la capital y la Asociación de Vendedores de Prensa se han aliado ahora para que estos templetes, de color verde, donde igual se despacha prensa, que golosinas, abonos de transporte o bebidas frías, vuelvan a dar vida al paisaje urbano y al vecindario. El Consistorio ha convocado un concurso público ―a punto de salir a licitación― para otorgar esa veintena de puestos cerrados y repartidos por toda la ciudad para explotarlos comercialmente en régimen de concesión durante 20 años, prorrogables otros 20. Los adjudicatarios solo deberán abonar un canon anual por el uso del dominio público. “Tradicionalmente, los puntos de venta de periódicos y revistas no han sido solo centros de información sino espacios de interacción ciudadana, que han dinamizado la vida en los barrios. Garantizan además el acceso a la prensa escrita a todos los ciudadanos, especialmente a aquellos menos acostumbrados a las nuevas tecnologías”, justifica el concejal de Urbanismo de Valencia, del que depende la iniciativa, Juan Giner. La idea es que “además de hacer barrio, su puesta en marcha facilite la integración laboral de personas con discapacidad y de mayores de 55 años”, según explica el concejal. El Consistorio quiere que estos espacios, una vez reactivados, desempeñen también actividades culturales, divulgativas o servicios públicos de interés general, aunque esta función tiene que aterrizarse todavía. “El caso de Valencia será un ejemplo porque a nivel nacional, tanto editores como distribuidores, quieren llevarlo a la Federación Española de Municipios y Provincias para que cunda el ejemplo”, explica Ana Valle, presidenta de la Asociación de Vendedores de Prensa de Valencia y Provincia. Valle es la gran valedora de la iniciativa. “Nos daba mucho miedo que no hubiera gente interesada, pero colocamos carteles en los quioscos cerrados con un teléfono para que las personas interesadas llamaran, y ha sido un éxito. Nos han contactado, les hemos explicado de qué va esto y, si no pasa nada, tenemos gente de sobra para que reabran todos”, añade esta veterana quiosquera, que sabe lo que es estar al pie del cañón a las 6.30 de la mañana para vender periódicos, comer sobre la marcha y echar la persiana después de las nueve de la noche. Por suerte, explica, con el paso del tiempo tenía muchos clientes y pudo contratar ayuda. Un elemento esencial para hacer atractiva la reapertura es que en estos puestos puedan venderse más productos, aparte de prensa y revistas, para hacer rentable el negocio. Buscar enfoques nuevos. Valle recuerda cuando hace años otro quiosco con solera, el Cobijano, situado enfrente de la plaza de toros de la capital, vendía hasta entradas para las corridas taurinas. “Hay que actualizar el negocio como lo han hecho las farmacias o los bares”, apunta Valle. “¿Qué hubiera sido de las farmacias si solo vendieran medicamentos?”, pone de ejemplo. De acuerdo con la asociación, el Ayuntamiento ha ampliado la panoplia de productos que pueden venderse en estos puestos: objetos de papelería y librería, cromos, cafés, bebidas, tabaco, fotocopias, golosinas, bonos de transporte, souvenirs, lotería, e incluso convertirse en puntos de recogida de paquetería. “Nosotros estamos en una zona especialmente turística y se venden muchos recuerdos de la ciudad, como imanes o llaveros, y también muchas bebidas frías”, explica la argentina Gabriela Bergallo (54 años), que atiende junto a su marido, Ricardo, el Quiosco Jo Fran de la calle Navellos, a solo unos metros del Parlamento autonómico. “Los periódicos se venden sobre todo en fin de semana porque esta no es una zona residencial”, apunta tras descartar la venta de café, porque enfrente tienen dos bares, o el tabaco porque ocupa mucho espacio y da poco margen de ganancia. “Trabajamos mucho cuando llegan los cruceros, con venta de bebidas y souvenirs. También en Fallas o los fines de semana, en los que alargamos el horario”, señala. El hecho de que los clientes no tengan que atravesar una puerta, solo dirigirse directamente a la quiosquera por el único hueco de la ventana, les convierte a veces “un poco en psicólogos”. “Charlas con ellos, les escuchas, les aconsejas... Y el trato con los turistas nos permite conocer a gente de otras culturas y eso enriquece en lo personal”, opina Gabriela, que promociona su quiosco hasta por Instagram porque, como dice, es “renovarse o morir”. Luis Delgado, cubano de 57 años, cumplirá un año en junio al frente de otro quiosco a la entrada del barrio del Carmen, junto al centro cultural de la Beneficència y el IVAM, el museo de arte moderno. Él no tiene periódicos, solo revistas, porque es obligado distribuir al menos una de las dos. Su producto estrella son las bebidas, los cafés y objetos de regalo como unos pequeños cuadros de peces metálicos que hace de forma artesana, o abanicos de fabricación local. “La relación con el barrio es excelente. Cuando otros colegas me preguntan, les digo que en este negocio la única magia es tener una buena gama de productos, sin saturar el quiosco y horas de apertura al público, ya sea duro el frío o el calor”, añade. Mauro, el quiosquero de Castellar, se ríe cuando ve llegar a diario a vecinos mayores con su silla a sentarse en la plaza junto a su negocio. “A ciertas horas esto se convierte en un punto de reunión y me dan conversación”, apunta. A los que vayan a coger los nuevos quioscos les aconseja que tengan compromiso y paciencia porque no es fácil al principio. “La gente se ha acostumbrado a comprar en otros sitios los productos que se pueden vender aquí. Los quioscos quedaron en el olvido y volver a hacerse hueco es trabajoso. Yo saludaba todos los días a la gente que pasaba por delante o regalaba globos a los niños, aunque no me compraran nada. Es una buena experiencia porque conoces personas que te brindan cariño, te apoyan y te aconsejan”, concluye.
Valencia levanta la persiana de sus olvidados quioscos de prensa
El Ayuntamiento saca a concurso público la reapertura de 21 puestos inactivos durante años para dinamizar los barrios









