Donald J. Trump acumula portadas: guerra en Irán, aranceles para todos, intervención en Venezuela, amenazas a Cuba, competencia con China, el reclamo del canal de Panamá y Groenlandia... Y a todo ello suma posiciones críticas en Ucrania, en Gaza, y más. ¿Su mandato supone un antes y un después? ¿El cambio es nuevo o viene de antes del magnate? A su vez: ¿es posible reconducir las tensiones a pesar de replanteamientos tanto en EE.UU. como en otros países que parecen guiarse (de nuevo) por la geopolítica, la ley del más fuerte y las esferas de influencia? Lo tratan en Vanguardia Dossier varios de los expertos más influyentes en sus respectivas regiones del Este y Oeste, Norte y Sur. Hay, en todo caso, una respuesta compartida: el cambio ha llegado para quedarse. Dimitri Trenin, presidente del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales, experto militar desde la época soviética, analista habitual en medios rusosRusiaRetratos de Xi, Trump y Putin en Surabaya, Indonesia JUNI KRISWANTO / AFPTrump está decidido a restaurar y reforzar la hegemonía global de EE.UU. y esto va directamente en contra de la visión rusa de un mundo multipolar. Su enfoque de las relaciones internacionales, basado en la lógica de 'o se hace a mi manera o no se hace' y en la idea de que 'la fuerza da la razón', choca con el rechazo de Rusia a cualquier forma de hegemonía sobre sí y con su firme defensa de su propia soberanía.Las relaciones entre Rusia y EE.UU. nunca lograron normalizarse tras el fin de la guerra fría y se han deteriorado rápidamente durante los últimos 15 años. En pocas palabras: EE.UU. no puede aceptar el comportamiento independiente de Rusia, y Rusia no puede aceptar la primacía estadounidense. Ahí radica el conflicto fundamental entre ambos.Al comienzo de su segundo mandato, Trump creyó que podría obligar a Moscú a seguir sus directrices sobre Ucrania. Cuando se dio cuenta de que no podía lograrlo, recurrió a la presión. Y eso tampoco funcionó. Ahora nos encontramos en una peligrosa trayectoria hacia una mayor escalada.¿El mundo se olvida de Trump y no solo por Trump?Vanguardia DossierEl mundo globalizado de comienzos del siglo XXI estaba centrado en EE.UU. y Occidente. El ascenso de las potencias no occidentales y la contraofensiva de Trump frente a ese proceso han conducido a una fragmentación del antiguo modelo de un único mundo. Veo desarrollarse una amarga lucha por un nuevo orden mundial, que constituye el equivalente funcional de una guerra mundial. Algunas regiones de Eurasia -Europa y Oriente Medio- ya se han convertido en campos de batalla. Y un tercer foco de conflicto emerge en Asia Oriental. Estas guerras están interrelacionadas. EE.UU. busca derrotar a Rusia, Irán y, en última instancia, a China. Europa, por su parte, está implicada profundamente en la guerra de Ucrania, cuya gestión Trump le ha delegado. Con el tiempo surgirá un nuevo equilibrio entre las grandes potencias como resultado del desenlace ya sea de estos que de otros conflictos que siguen intensificándose y expandiéndose. Este proceso llevará muchos años e incluso podría prolongarse un par de décadas.Yan Xuetong, profesor de la Universidad Tsinghua y autor de referencia en China sobre la política internacional del Gigante AsiáticoChinaLas actuales relaciones entre China y EE.UU. no se encuentran en un proceso de transformación. Desde 1989, dos años antes de que acabara la guerra fría, la política de todos los presidentes estadounidenses hacia China ha oscilado entre contención y compromiso.George H. W. Bush pasó de la contención al compromiso, como Bill Clinton y George W. Bush. Barack Obama, al revés, transitó del compromiso hacia la contención, como Donald Trump en su primer mandato. Joe Biden fue una excepción al mantener una política de contención constante e ininterrumpida en todo el mandato. Trump, en su segundo mandato, comenzó con una postura de contención firme frente a China, pero posteriormente ha ido suavizándola tras visitar el país en este 2026. Como resultado la dinámica actual entre China y EE.UU. está determinada principalmente por la evolución del propio Trump. Aquí los factores estructurales desempeñan un papel secundario.Con todo, dado que es probable que EE.UU. y algunos de sus aliados sigan priorizando las consideraciones geopolíticas en el corto plazo, la competencia entre China y EE.UU. será cada vez más intensa.Rajiv Bhatia, embajador indio en plazas de América, Europa, Asia, el Sudeste Asiático y Oceanía y Distinguished Fellow de Gateway House, BombayIndiaDurante su primer mandato, Trump mostró una profunda preocupación por el ascenso chino y reactivó y fortaleció el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (Quad) situando a India como un socio estratégico fundamental. Sin embargo en su segundo mandato ha mostrado preferencia por un enfoque más conciliador hacia Pekín al ver a China principalmente como competidor económico y no como una amenaza geopolítica directa. En consecuencia, la centralidad estratégica de India parece haberse reducido. Pero el cambio no obedece únicamente a las preferencias personales de Trump, sino que también está condicionado por la duradera influencia del movimiento Make America Great Again (MAGA) en los ámbitos político, económico y social de EE.UU. Esta visión del mundo es, por naturaleza, aislacionista, ultranacionalista, conservadora, transaccional y orientada al corto plazo. Pero cuando este enfoque deja de producir los resultados esperados para la economía estadounidense y su posición internacional, su revisión se vuelve inevitable.Modi y Trump tienen una buena sintonía personal clave para la relación India-EE.UU.EP¿Sigue siendo posible un restablecimiento significativo de la relación bilateral? ¡Sí, lo es! En las relaciones internacionales nada es permanente. Los amigos, los socios y los adversarios pueden cambiar. Lo único que perdura son los intereses nacionales e incluso la definición y la conceptualización de esos intereses evolucionan con el tiempo. Basta recordar el momento de mayor deterioro de las relaciones entre EE.UU. e India en la era contemporánea, provocado por los ensayos nucleares de Nueva Delhi en 1998. En aquel momento pocos habrían anticipado que dos décadas después ambos países vivirían un prolongado proceso de reconciliación construyendo, a su vez, una asociación estratégica integral. Es por todo ello que, pese a las recientes tensiones y turbulencias en las relaciones India-EE.UU., sigue siendo realista pensar que puede mantenerse un nivel básico de normalidad y cordialidad. Los pilares fundamentales de su relación -la cooperación en materia de defensa, los esfuerzos diplomáticos en curso, los sólidos vínculos entre sus sociedades, también la buena sintonía personal entre sus líderes- permanecen, en términos generales, intactos. Mantengo una visión optimista sobre su evolución en el medio y largo plazo.Juan Gabriel Tokatlian, académico argentino y destacado referente latinoamericano sobre el encaje de la región en la política internacionalLatinoaméricaEE.UU. no volvió transitoriamente a América Latina y el Caribe como lo viene haciendo desde la década de los 80; Washington regresó para quedarse. Y tampoco lo hizo con un nuevo proyecto que procura restaurar una hegemonía perdida, sino con un plan de dominación ambicioso y agresivo. La evidencia es elocuente. En la Estrategia de Seguridad Nacional del 2025, el “Western Hemisphere” se menciona 13 veces mientras que Rusia se nombra 10. Y en la Estrategia de Defensa Nacional del 2026 el hemisferio se cita 11 veces, apenas por debajo de Irán, al que se alude en 13 ocasiones. Tres razones lo explican: a) transformar, a la fuerza, a Latinoamérica como territorio de contienda contra China; b) restaurar su pretérita esfera de influencia en modo de laboratorio de ensayo; y c) mostrar a propios y ajenos que es capaz de disciplinar la región a bajo costo. En ciertos casos, como Venezuela, el experimento se impone; en otros, como Argentina hoy y Colombia próximamente, se invita a Washington a ser escenario de experimentación. Si en octubre Flávio Bolsonaro derrotase -algo no sencillo- a Lula, Trump tendrá a América del Sur a sus pies con una cuasi-isla levemente progresista en Uruguay.Y para comprender lo señalado es esencial precisar el sentido y alcance de la noción de hemisferio occidental para EE.UU. hoy. La noción tuvo históricamente tres formatos: el geográfico, que se extiende desde Canadá hasta Chile; el político, en términos de los departamentos del Ejecutivo en los que el hemisferio abarca América Latina y el Caribe, al tiempo que Canadá se maneja de manera independiente; y, finalmente, el militar, en el que el Comando Sur cubre Latinoamérica y Caribe pero no incluye a México y Bahamas, mientras que Canadá, México y Bahamas constituyen parte del Comando Norte. Pero hoy lo realmente nuevo es el esfuerzo por unificar geográfica, política y militarmente todo el hemisferio: en diciembre del 2025 se creo el US Army Western Hemisphere Command que combina a las unidades del ejército de ambos Comandos; a su vez, el 5 marzo del 2026, ante 16 ministros de Defensa de la región, el secretario de Guerra de EE.UU. anunció la nueva política de la “Gran Norteamérica” y dijo que los respectivos países más EE.UU. compartían el hecho de ser parte de la “Greater North America”, que se extendería de “Groenlandia a Ecuador y de Alaska a Guyana”. Aquí el objetivo indisimulado es claro: conquistar Groenlandia aumentando la presencia militar y su potencial adquisición; y amenazar con la anexión de toda Canadá; y retomar el Canal de Panamá; y apropiarse de los recursos energéticos y minerales tras el ataque militar a Venezuela; y seguir con las ejecuciones extrajudiciales (van más de 200) de presuntos “narcoterroristas” en el Caribe y el Pacífico Este; y propiciar el derrumbe de Cuba.Nicolás Maduro y su mujer, Cilia Flores, capurados por el ejército de EE.UU. en Caracas y trasladados ante la Justicia por agentes federales en Nueva York en enero.Stringer / EFEEn ese marco, el dato principal desde América Latina y el Caribe es que esta atraviesa el mayor nivel de fragmentación en el último medio siglo: ausencia de cualquier tipo de liderazgo aglutinante; falta de coordinación mínima de posiciones frente a las arbitrariedades y abusos de Washington; ausencia de posturas compartidas, al menos en torno a la defensa del derecho internacional; y propensión a posicionamientos individuales.Bob Wekesa, director del Centro Africano para el Estudio de los Estados Unidos con sede en Johannesburgo (Sudáfrica)África¿Es la transformación actual de las relaciones entre África y EE.UU. el resultado de la presidencia de Trump o viene de un cambio estructural de más largo plazo? Ambas cosas. La aplicación del America First ha supuesto tener una relación más transaccional y menos basada en valores. El cierre de USAID y de otras vías de su ayuda exterior ha cambiado la relación entre donantes y receptores y los países africanos se han visto obligados a buscar otros medios para financiar sus presupuestos en áreas como la sanidad y la gobernanza. Los aranceles estadounidenses, por su parte, han forzado a las naciones africanas a buscar relaciones comerciales en otros lugares, en particular Europa, Oriente Medio y China. Pero esto no debe verse en términos absolutos: la longevidad y el alcance de las relaciones entre África y EE.UU. son tales que continuarán incluso en las nuevas circunstancias. En conjunto se trata de una reducción de las relaciones más que de un cese completo. Además, este cambio ya estaba en marcha antes del comienzo de la segunda administración del presidente Trump y un acontecimiento clave es la entrada, firme y sostenida, de China en la economía africana desde aproximadamente el año 2000, es decir, desde hace 26 años. Asimismo, otras potencias globales como India, Turquía y los estados del Golfo, también han intensificado su presencia en el continente durante al menos una década si no más. En la práctica estos países ya habían erosionado el poder económico y político de EE.UU. en el continente antes de las nuevas políticas de Trump.En todo caso los países africanos no tienen más remedio que negociar bilateralmente y comprender que, las relaciones, se rigen por intereses.Hans Kribbe, geoestratega y cofundador del Instituto de Bruselas para la Geopolítica apoyado por Emmanuel Macron, Olaf Scholz y Mark Rutte, además de exasesor de la Comisión EuropeaEuropaLa relación está cambiando fundamentalmente porque, por primera vez desde la guerra fría, EE.UU. tiene un competidor geoestratégico de igual a igual en China. Su consolidación como superpotencia y aspirante al trono lleva tiempo gestándose y, al menos desde la presidencia de Obama, estaba claro que obligaría a Washington a cambiar su postura estratégica, incluida la que mantiene hacia Europa, que está pasando a ser menos crítica para la seguridad nacional estadounidense. La obsesión estratégica de EE.UU. por Europa posterior a 1945 ha llegado a su fin. El continente ya no es el gran campo de batalla de la historia ni está en el centro de un choque global entre sistemas ideológicos. Esto hace que el repliegue de América como “potencia europea” sea inevitable, y los europeos tendrán que lidiar con ello independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.Imagen creada con IA en la que se ve a Trump junto a líderes europeos mostrando un mapa de EE.UU. con Groenlandia, Canadá y Venezuela anexionadas y publicada por él mismo @realDonaldTrumpDicho esto, la agenda de Trump para Europa, expuesta en su Estrategia de Seguridad Nacional, va mucho más allá de una política de repliegue estratégico. Su objetivo no es solo distanciar a EE.UU. del continente, sino desatar una revolución política, trastocar el orden liberal europeo, desmantelar la UE y sustituirla por una Europa construida sobre los valores del movimiento MAGA. La visión de Trump para Europa ha provocado una ruptura en la relación mucho más profunda de lo que resultaba estratégicamente necesario para EE.UU. Puede que las cosas vuelvan a mejorar en el futuro, dependiendo, por supuesto, de quién gane las próximas elecciones presidenciales.Eso sí, el regreso a los “buenos tiempos” del multilateralismo está completamente descartado y no deberíamos romantizar nuestra relación pasada con EE.UU. como si hubiera sido fácil o consensuada, y mucho menos de igual a igual. Cuando las cosas se ponían difíciles, ¿hubo alguna vez alguna duda de quién llevaba la voz cantante?Ante la nueva influencia de China en el mundo, para el propio EE.UU. va a ser extremadamente difícil resistirse a utilizar la lógica de poder de las esferas de influencia, tal y como hizo durante la guerra fría, cuando derrocó sin pudor a gobiernos democráticos en América del Sur. Restaurada a su antiguo esplendor por Trump, la Doctrina Monroe nos acompañará durante los próximos 75 años, o durante todo el tiempo que dure la rivalidad geoestratégica de América con China. ¿Qué probabilidades hay de que un futuro presidente estadounidense vuelva a renunciar al control sobre los 65.000 millones de barriles de reservas de petróleo venezolano que Trump ha obtenido tras secuestrar y expulsar a Maduro? Permitir que Pekín aumente su influencia en el hemisferio occidental sin oposición no es una opción para EE.UU. Es más, desde la perspectiva estadounidense, Europa no es tan diferente de América Latina -o, digamos, de Japón o Filipinas. Son Estados y regiones que deben permanecer dentro de la atracción gravitatoria de América, o al menos fuera de la órbita de China. Por supuesto, es improbable que lleguemos a ver a un comando de marines estadounidenses asaltando la Moncloa para secuestrar al presidente del Gobierno de España. ¿Pero permitirán las futuras administraciones estadounidenses que España y Europa mantengan su puerta abierta a la tecnología y la inteligencia artificial chinas? ¿Dejará un futuro presidente de EE.UU. que los europeos decidan libremente su propia política exterior?Mike Hughes, director de Estrategia de Defensa del Australian Strategic Policy Institute con décadas de experiencia en el ámbito de la inteligencia en organismos públicos y privados del Indo-PacíficoAustraliaLa transformación actual de las relaciones de EE.UU. con sus aliados, incluida Australia, se entiende mejor como un cambio estructural a más largo plazo que la presidencia de Trump ha acelerado más que como un enfoque fundamentalmente nuevo. El malestar con los aliados ya era evidente durante la época en la que trabajé dentro del sistema estadounidense, entre el 2009 y el 2011. Pero Trump ha expresado esta insatisfacción de forma más tajante y transaccional, se podría decir que infravalorando las alianzas que han sido fuente clave del poder de EE.UU. desde 1945.El sistema de alianzas posterior a 1945 se basaba en un pacto implícito: EE.UU. aportaba una capacidad militar y un liderazgo estratégico desproporcionados mientras los aliados contribuían según sus capacidades y se beneficiaban del orden económico y de seguridad que esto sustentaba. Ese modelo era viable cuando el poder relativo de EE.UU. era abrumador y las amenazas estratégicas eran comparativamente limitadas. Ese contexto ha cambiado. China ha surgido como un competidor de primer nivel, Rusia ha demostrado su disposición a usar la fuerza para desafiar el orden europeo y los estados autoritarios cuestionan cada vez más los cimientos del sistema liderado por Occidente. Al mismo tiempo, el peso relativo económico y militar de EE.UU. ha disminuido y los costes del liderazgo global han aumentado. Es por ello que Washington espera cada vez más que los aliados asuman una mayor responsabilidad en su propia seguridad y en la estabilidad regional. Esto es especialmente relevante para Australia. Sus intereses económicos en China coexisten con una fuerte dependencia de la alianza con EE.UU. y de un orden regional en el que la coerción no determine los resultados. Por lo tanto, Australia se enfrenta a las mismas presiones de reparto de cargas que otros aliados de EE.UU., aunque su geografía estratégica en la región prioritaria para Washington fuera del territorio estadounidense le otorga un valor particular.Es así que Trump ha cambiado el carácter de la relación más que su dirección de fondo. Una futura administración podrá restaurar una mayor diplomacia y un clima de mayor tranquilidad, pero es poco probable que recupere las condiciones estratégicas de los años noventa. Australia debe asumir que EE.UU. seguirá exigiendo aliados con una mayor capacidad y dispuestos a soportar una cuota mayor de la carga de la seguridad global. Y cabe destacar que Australia había comenzado a adaptarse al deterioro del entorno estratégico mediante la Revisión Estratégica de Defensa del 2023 y la Estrategia de Defensa Nacional del 2024.¿Y aunque Estados Unidos y otros países se guían cada vez más por la geopolítica y las esferas de influencia, es posible aún el reajuste significativo de la relación bilateral? Sí, pero no confundirse un reajuste con un retorno al pasado... Las condiciones estratégicas de los años 90 han desaparecido y no volverán. En cambio, las alianzas siguen siendo esenciales. Y en muchos aspectos el reajuste ya ha comenzado. La Estrategia de Defensa Nacional de Australia para el 2026 reconoce que una mayor autosuficiencia requiere capacidades nacionales más sólidas combinadas con la alianza con EE.UU., en lugar de sustituirla. Porque quienes piden una política exterior y de defensa australiana fundamentalmente independiente malinterpretan el entorno estratégico: China sigue siendo el desafío de referencia y una menor presencia de EE.UU. daría lugar a un equilibrio regional menos favorable que ningún otro país o coalición podría replicar fácilmente. Además, tras 75 años de alianza, esta proporciona a Australia acceso a inteligencia, tecnología, industria y capacidades únicas críticas para que las Fuerzas de Defensa Australianas puedan generar y sostener un poder militar creíble. Estas aportaciones refuerzan la autonomía australiana al tiempo que convierten a Australia en un socio con mayores capacidades para otras potencias medias y democracias.Por lo tanto, Australia debe asumir dos realidades simultáneamente: la alianza con EE.UU. y las asociaciones como AUKUS siguen siendo fundamentales para la disuasión regional, mientras que Australia debe reforzar sus propias capacidades y profundizar las relaciones con Japón, Corea del Sur, India y Europa. Esto es geopolítica realista en acción. No se trata de un rechazo a la alianza. Es su evolución y, en muchos sentidos, precisamente el reajuste que exige Washington: una Australia con mayores capacidades y más autosuficiente que siga siendo una aliada comprometida y valiosa.Barakaldo, 1984. Periodista de La Vanguardia desde el año 2015. Coordinador digital de la revista Vanguardia Dossier. Doctor en Derecho y Ciencia Política por la Universitat de Barcelona y especializado en asuntos internacionales.