Cuando Ursula von der Leyen pronuncie su discurso sobre el estado de la Uni�n el pr�ximo 16 de septiembre, lo har� en un momento de extraordinaria trascendencia para Europa. El se�smo geopol�tico - desde la guerra de Putin y los Estados Unidos de Trump hasta el ascenso de China y el caos en Oriente Pr�ximo - est� convirtiendo el porvenir de Europa en un campo de batalla pol�tico, justo cuando Francia, Polonia, Italia y Espa�a encaran citas electorales decisivas, y Alemania a�n acusa el impacto de la victoria de la ultraderecha en Sajonia-Anhalt.Los l�deres europeos se enfrentan, por tanto, a una pugna por el futuro com�n. Sin embargo, nuestro �ltimo estudio sugiere que podr�an estar subestimando la verdadera naturaleza de esa disputa: no terminan de percibir el lugar central que ocupa Europa en la mente ciudadana y est�n desatendiendo a un sector clave del electorado que no encaja en la simplista divisi�n entre proeuropeos y euroesc�pticos.En mayo de 2026 realizamos casi 6.000 entrevistas a ciudadanos europeos. Les invitamos a expresarse, con sus propias palabras, sobre qu� significa Europa para ellos, cu�l es su situaci�n actual y c�mo imaginan que ser� dentro de veinte a�os.Los resultados revelan lo que denominamos la �brecha de imaginaci�n� de Europa.La ciudadan�a europea ha tomado plena conciencia de la encrucijada geopol�tica a la que se enfrenta. Entiende que Estados Unidos es un socio impredecible, que Rusia representa una amenaza directa y que Europa debe dotarse de mayor autonom�a estrat�gica para valerse por s� misma. Ahora bien: asumir que Europa necesita ser m�s fuerte o estar m�s unida no equivale a creer que sea capaz de lograrlo.Apenas un 12% de los encuestados describi� de forma espont�nea la Europa actual en t�rminos de despertar o renovaci�n. Por el contrario, un 68% aludi� al deterioro y a la p�rdida de normalidad. Asimismo, solo un 20% consider� que la Uni�n est� gestionando adecuadamente sus mayores desaf�os, frente a un 74% que se mostr� cr�tico con su desempe�o.A partir de la manera en que los ciudadanos proyectan el porvenir del continente, identificamos cuatro perfiles: los optimistas, los pesimistas, los desconectados y los esc�pticos. El grupo m�s revelador es el de los �esc�pticos�, que representa cerca de un tercio de la poblaci�n en los pa�ses analizados. Al igual que los optimistas, suelen identificarse con fuerza con Europa y muchos aspiran a una mayor cohesi�n y a una integraci�n pol�tica m�s profunda. No obstante, les cuesta creer que la Europa que desean llegue a materializarse y, al igual que los pesimistas, tienden a pensar que el proyecto europeo corre peligro.Una ciudadana polaca nacida en los a�os 60 sintetiza con lucidez este dilema. Imagina la Europa del ma�ana como un espacio �sin guerras, sin chovinismos, con libre circulaci�n de personas y mercanc�as, con mayor conciencia ecol�gica y sin pobreza�. Pero, al preguntarle si considera viable que un proyecto as� se haga realidad, responde: �Me temo que no pasa de ser una hermosa idea que muy pocos querr�n llevar a la pr�ctica�.Esta distinci�n reviste una enorme trascendencia pol�tica, pues los detractores de la integraci�n europea ya ofrecen modelos de futuro f�cilmente comprensibles. Prometen la restauraci�n de la soberan�a nacional, el respeto a los valores tradicionales y fronteras herm�ticas. Sus programas miran al pasado, es cierto, pero marcan un rumbo claro. Puede que los adversarios de Europa no est�n ganando terreno porque su propuesta sea m�s atractiva, sino porque resulta m�s f�cil de imaginar.Con demasiada frecuencia, los l�deres tradicionales han reaccionado de dos formas. La primera ha consistido en polarizar: plantear la contienda electoral como un choque binario entre quienes defienden Europa y quienes se oponen a ella. Esta estrategia ha podido rendir r�ditos en las urnas, pero corre el riesgo de interpretar cualquier cr�tica leg�tima al funcionamiento de las instituciones como una falta de compromiso europe�sta, marginando precisamente a ese electorado �esc�ptico� que sigue apegado al proyecto com�n pero duda de su eficacia resolutiva.La segunda respuesta ha sido la asimilaci�n: asumir parte de la ret�rica, del diagn�stico o de la agenda pol�tica de los cr�ticos con la esperanza de contener la fuga de votos. Responder a las demandas cambiantes de la opini�n p�blica forma parte del juego democr�tico, por supuesto. El problema surge cuando los dirigentes proeuropeos permiten que sus adversarios definan qu� falla en Europa y cu�les son las soluciones. Al hacerlo, terminan compitiendo en el terreno trazado por los euroesc�pticos en lugar de articular un proyecto propio de transformaci�n.Existe otra forma de dotar de contenido pol�tico el debate europeo. Comienza por asumir que defender el proyecto comunitario no exige blindar el statu quo. Las fuerzas proeuropeas pueden reconocer con franqueza la lentitud, las incoherencias y los fracasos normativos de la Uni�n sin dejar de advertir sobre el riesgo de desmantelar las capacidades construidas colectivamente. Pueden trazar l�neas divisorias n�tidas sobre el rumbo estrat�gico del continente al tiempo que aceptan la leg�tima discrepancia respecto a sus carencias actuales y a c�mo corregirlas.Este enfoque debe situar a los �esc�pticos� como su destinatario principal. A estos votantes no hace falta insistirles en las bondades de Europa ni en la mezquindad de sus detractores. Muchos ya demandan una Europa m�s unida, soberana y resolutiva. Lo que les falta es la convicci�n de que la Europa de hoy est� capacitada para llegar a esa meta.Ello no solo exige pol�ticas distintas, sino una transformaci�n de los tiempos en la pol�tica comunitaria. Las grandes declaraciones sin avances tangibles pierden toda credibilidad; los peque�os pasos sin un horizonte definido se perciben como una gesti�n de crisis perpetua. Los l�deres europe�stas deben tender un puente entre ambas esferas: mostrar no solo qu� hace la Uni�n hoy, sino de qu� modo las decisiones del presente nos aproximan a la Europa en la que la ciudadan�a aspira a vivir ma�ana. Dicho de otro modo: deben aportar pruebas de trayectoria.Hubo un tiempo en que los defensores de la integraci�n europea destacaron por su notable habilidad para suscitar expectativas y para convertir sus ambiciones m�s audaces en realidades tangibles. Las sucesivas ampliaciones, la desaparici�n de las fronteras interiores y la adopci�n de una moneda com�n infundieron un sentido de direcci�n hist�rica. El futuro ejerc�a una fuerza de atracci�n sobre el presente.Hoy, esa din�mica se ha invertido. La clase pol�tica encadena una emergencia tras otra mientras el porvenir se percibe cada vez m�s amenazante: la guerra, la crisis clim�tica, el rezago tecnol�gico, una �lenta agon�a� econ�mica, el envejecimiento demogr�fico y, para algunos sectores, el temor a un reemplazo civilizatorio. El debate europeo ha quedado atrapado entre la urgencia del corto plazo y la idealizaci�n del pasado, mientras que la noci�n de un futuro alcanzable se desvanece en el horizonte.Animar a la ciudadan�a a �pensar en grande� no disipar� estas inquietudes. El liderazgo proeuropeo debe gobernar el presente de tal modo que haga concebible, e incluso estimulante, un porvenir mejor. Esta tarea corresponde en gran medida a los gobernantes nacionales, que deben incorporar la acci�n comunitaria al relato pr�ctico sobre c�mo se proponen mejorar el d�a a d�a de sus sociedades. Con todo, el mensaje que trasladen las instituciones comunitarias ser� determinante. Las palabras que pronuncie Ursula von der Leyen la pr�xima semana en Estrasburgo revelar�n si el europe�smo mayoritario ha extra�do las lecciones pertinentes o si sigue sin reaccionar.Se�ora presidenta: no se limite a explicar a los europeos hacia d�nde debe dirigirse el continente. Demuestre que lo que Europa hace hoy permite, de verdad, llegar hasta all�.Andr� Wilkens es director de la Fundaci�n Europea de la Cultura (ECF) en �msterdamPawe Zerka es investigador s�nior del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) en Par�s