Si el esfuerzo bastara, Miriam y Belén vivirían de la interpretación, Simón sería periodista y Lali, ilustradora. Pero Miriam da clases de teatro en una escuela concertada, Belén trabaja puntualmente en las barras de un espacio para eventos y conciertos, Simón lleva un año firmando contratos de un mes y Lali trabaja de barista para llegar a fin de mes.

Conscientes de que sus carreras no son las que más salidas laborales ofrecen, Miriam, Belén, Simon y Lali son un ejemplo extremo de algo que atraviesa a toda su generación, tengan trabajos “rentables” o no. En pleno periodo vacacional, cuando las redes se llenan de imágenes de escapadas y momentos de desconexión, la mayoría de ellos saben poco o nada de desconectar: la inestabilidad no entiende de temporada baja.

La precariedad juvenil no es nueva. Lo que ha cambiado es su naturaleza. Ya no es una fase de tránsito hacia la adultez: es la condición estructural por defecto. La generación que hoy tiene entre 25 y 34 años ha atravesado una crisis tras otra sin margen de recuperación entre medias: desde la Gran Recesión de 2008 pasando por los recortes posteriores por políticas de austeridad, una pandemia a una crisis inflacionaria que disparó la cesta de la compra sin que los salarios la siguieran para, finalmente, llegar a la actual crisis de vivienda.