3 de septiembre, 2026 - 07h30Las familias han sido material literario desde antiguo. Ellas deberían temer a los parientes escritores que encuentran en los secretos con apellido oportunidad para crear historias. Esto es lo que ocurre en Mamita (2025) del peruano Gustavo Rodríguez, que viene próximamente a la FIL. Un narrador, escritor de 50 años, divorciado, con novia, padre de tres hijas, visita semanalmente a su madre de 89 y observa el visible deterioro de la anciana, siempre dispuesta a recordar el pasado familiar. Siendo descendientes del gran Otolino Vela, explotador de caucho amazónico, fundador de prósperos negocios que levantaron Iquitos, al pie del Amazonas, tienen mucho de qué hablar; por eso, el narrador acepta que “le debe” una novela a su madre, que recupere todo ese pasado. Las conversaciones con un chofer que lo moviliza por Lima y sus alrededores nutren la visión general de la historia.Estamos otra vez frente a una novela urbana, pese a que obtiene su origen en el oriente peruano. Los recorridos por la ciudad aportan minuciosas descripciones de barrios, calles y edificios que recrean la ciudad actual, bajo la mirada crítica de un hombre que da cuenta de los prejuicios, las mentiras y los procederes colectivos de su medio, que destruyó para remodelar, que se encerró en ciudadelas, que echa abajo árboles para modernizar. Y con la justificación de que escribirá la novela ofrecida, los lectores asistimos a una novela dentro de otra y a varios tiempos de vida. La novela exterior –la que estamos leyendo– es la de tono crítico y humorístico, porque las conversaciones con el chofer son burlonas y repasan una novela anterior en que el escritor lo ha utilizado como personaje; el relato insiste en la masculinidad de los dialogantes, capaces de aventuras amorosas que ponen en peligro sus relaciones básicas. Pero la narración interior, que, como muchas, abunda en investigación, respuestas buscadas y recuerdos, se va escribiendo y exponiendo al juicio del chofer. Allí conocemos de las hazañas de don Otolino, gran procreador de hijos, de cosechas y exportaciones que, con el modelo europeo de sus andanzas, levantó el primer hotel de lujo del Perú, el Gran Palace, en Iquitos. El rostro menos agradable del personaje surge cuando nos enteramos de que fue una relación pedófila –él, de 70; la chica, de 15– la que trajo a la vida a la “mamita”, la anciana añorante que no conoció a su padre, al que venera en una evocación constante. Tanto le ha importado al país vecino este señor que la actual moneda de un sol contiene la imagen del hotel con que deslumbró al Perú.El estilo de Rodríguez es vigoroso, como un torrente que no se detiene, sino que va integrando en el camino peruanismos, referencias literarias, análisis social y condición humana, que lo tocan de cerca (¿será su propia familia como la pintada en la novela?). Su madre falleció hace poco y mucho de sus afectos parecen asomar en la recreación de la mujer frágil, prendida de una rutina, que espera la muerte dentro del fragor de sus recuerdos. Asistimos a su último cumpleaños y a su muerte, dentro del círculo que hacemos los lectores, cuando nos integramos a una ficción. Todo depende del poder narrativo de una obra. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: ‘Mamita’ | Columnistas | Opinión
El estilo de Rodríguez es vigoroso, como un torrente que no se detiene, sino que va integrando en el camino peruanismos...












