11 de junio, 2026 - 08h00Conocí a José Ovejero cuando se detuvo en Guayaquil, en su gira de premiado con el Alfaguara, en 2013, y lo escuché más tarde en Bogotá, cuando daba una charla, casi sincronizadamente con Edurne Portela. Ver sus nombres juntos como autores de una novela fue suficiente para caer sobre sus páginas. Fue acertada mi elección porque es un trabajo intenso y hermoso. Lo repito: el primer mérito de la novela histórica es dar con el pasaje, incidente, vida o gran acontecimiento que valga la pena extraer de un contexto real para reorganizarlo de tal manera que se sostenga sobre la telaraña literaria con causas y consecuencias, en una red que supere la mera cronología. Eso hace la pareja con Raymond Molinier, militante trotskista francés, y lo sigue durante sus 90 años de una manera muy original, combinando miradas diferentes y voces genuinas, como la del mismo León Trotski. Lo que verdaderamente aporta la novela es su “cocina”, como diría mi profesor Rafael Díaz Icaza, es decir, cómo se escribe, desde el momento en que José se encontró con el tema, se lo propuso a su compañera e iniciaron su investigación para recrear en bibliotecas, archivos y entrevistas una existencia tan comprometida con la militancia que todos sus pasos se dieron en torno de núcleos geográficos de acción. Enamoradizo como era, Molinier puso a sus mujeres, a los hijos que fue engendrando, a sus patrocinadores y contactos en el camino de una finalidad revolucionaria.Mi primer Trotski literario fue el de Padura, en El hombre que amaba a los perros (2009), enorme novela donde la atención al político tiene que rivalizar con la aguda construcción de su asesino, Ramón Mercader; en cambio en esta, “el viejo”, como le decían sus seguidores, es un obstinado líder que todo lo remediaba escribiendo artículos y cartas con los que hasta se anticipa a los juicios que Stalin desatará sobre él, pero tan carismático que siempre tiene un círculo de fanáticos que lo protegen y sostienen, uno de ellos Raymond, que por haber tenido iniciativas para disentir de él es expulsado de su lado y del partido comunista francés. Molinier desarrolló la segunda mitad de su vida en Latinoamérica. El trabajo de los dos escritores está perfectamente bien documentado sobre las correrías en Río de Janeiro, Córdoba, Bariloche y Buenos Aires, de donde van aflorando los núcleos de acción política, con medidas económicas ingeniosas y reclutamiento de adeptos para fortalecer a la izquierda a la que pronto le caerían encima las dictaduras. Solo la feroz junta militar de Argentina, que eliminaría tan fácilmente a Elisabeth Kasemann, la ahora heroína alemana, amante y discípula de Raymond, consiguió que él vuelva a Europa. Y pese a su cansancio continuara con una última etapa de militancia en París. José en los archivos de Bélgica, Edurne analizando fotos y documentales cuelan sus dramas personales entre las páginas. En ellas no hay voces omniscientes sino imaginación creadora de esos hitos en los que, donde no hay información, se imagina o se inventa, pero diciéndoselo al lector, porque “por fuerza narrar una vida es una falsificación, aunque sea la nuestra”. El final del gigantesco Molinier es una evocación entre los autores y la nuera barcelonesa, bajo cuyo cuidado llegó en uno de sus tantos pasos azarosos. (O)