23 de julio, 2026 - 06h30Cuando en el aula descubrí el potencial literario de un alumno, me puse a esperar que el talento hiciera su aparición pública. Eso ha ocurrido hace escasos meses con Monse Arosemena. La publicación de Cuerpo down, bajo el sello de Seix Barral, con inicial circulación en Bogotá, me recordó que yo leí sus primeros cuentos y que los saludé con entusiasmo, en Casa Grande. El libro de híbrida identidad está lejos de ellos, mientras un contenido hervor narrativo caldea su fondo.Pese a la carga de subjetividad que contiene la parte contada en primera persona y que no rehúye datos íntimos –familia, procedencia, trabajo, tercera maternidad–, habría que estar muy cerca de la autora para negarle el carácter de autoficción y acogernos solo al testimonio. Prefiero mencionar las dos categorías para ratificar las mezclas en la escritura de un libro que cultiva, como tercer territorio en mesurada dosis de información científica. El libro cubre todo el proceso de gestar una niña que, desde los iniciales pasos de revisión prenatal, se sabe que ostenta el cromosoma suplementario 21, viraje genético que da como resultado un bebé con síndrome de Down. Es decir, un ser que según determinadas legislaciones podría ser expulsado para evitar su gestación, a pesar de que, como sostiene la narradora, “no es un problema sino una condición”.El relato es elocuente en materia del detallado día a día de esperar bajo el diagnóstico de embarazo de alto riesgo, el parto y la inmediata atención que exige una niñita tan frágil, de tal manera que asistimos junto a la madre al cuidado extremo de mirarla a través de cristales, con la tarea de extraerse la leche que la alimentará por manos interpuestas. En intensas reflexiones que empiezan por el indispensable “¿por qué yo?” la voz varía para acercarnos y alejarnos de las escenas dolorosas: del yo, el personaje pasa a ser “la mujer” centrada en recopilar la leche materna y estar cerca de su criatura. Deduzco que la autora hace acopio del sentido de síntesis para crear un ritmo que mantenga al lector suspendido en los 29 días que tienen que transcurrir para que la madre pueda llevarse a su bebé a casa –con dos operaciones de por medio–. Así y todo, hay relato suficiente para enterarnos de cómo se explica a dos hermanitos mayores la diferencia que marca a la pequeña, cómo se crea una rutina de atención y cuánto se espera para tomar un avión e instalarse, todos, en su verdadero hogar. La mujer, muy parecida a la autora, regresa al trabajo bajo una nueva realidad. Cualquier ser humano que materna –recuérdese la necesidad conceptual que cubre esta palabra– sabe que su cotidianidad tiene un punto principal en el que pensar y por el cual velar, y que todo lo demás viene después. Por eso, es legítimo que se repita dentro del libro “la maternidad tiene que ser inteligente”, idea que con María en brazos gana otras palabras: “pero la maternidad de un cuerpo Down tiene que serlo aún más”. Consciente de que ella constituye la columna de ese inicial entorno y que va a demandar más atención y cercanía que sus otros hijos, la mujer cierra el relato con un tono sereno y amoroso, que no se engaña a sí misma y asume con lucidez y amor constructor la tarea de criar. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: ‘Cuerpo Down’ | Columnistas | Opinión
El relato es elocuente en materia del detallado día a día de esperar bajo el diagnóstico de embarazo de alto riesgo, el parto y la atención que exige la niñita.






