18 de junio, 2026 - 08h00Cuando asisto a un teatro lleno, me alegro profundamente. Eso pasa a menudo en el Paulsen, que parece atinar en su programación porque convoca y confirma que la dramaturgia tiene público. Ha sido oportunísimo el homenaje que Bernardo Menéndez y Virgilio Valero le hacen a la obra de José Martínez Queirolo (Pipo) para que siga vivo en la memoria de los guayaquileños. Habría que hacer el esfuerzo de conseguir espectadores jóvenes para que esas obras lleguen a las nuevas generaciones: la noche cuando asistí dominaban las cabezas femeninas y plateadas. El ensamblaje de seis fragmentos de piezas de Pipo constituye el primer mérito del espectáculo, encadenados por imágenes en las que el autor gesticula y habla, confirmando su apacible presencia que albergaba, eso sí, una inteligencia incisiva y crítica que arremetió contra todos los puntos débiles de nuestra sociedad. En una captación global de las elecciones, cuánta burla merecen los matrimonios sostenidos en la falsedad y la rutina, como en los casos de Montesco y su señora –unos avejentados Romeo y Julieta que denuestan contra el tiempo y sus familias– y Que en paz descanse –donde los aristócratas Ruibarbo fisgonean desde el más allá su propio velatorio–. No puedo olvidar a Isabel Martínez y a Maribel Solines haciendo de Enriqueta en actuaciones deslumbrantes. El monólogo Réquiem por la lluvia, con el marido de la Jesusa, alcoholizado y viudo, llorando, botella en mano, y clamando por la indiferencia frente a la pobreza de la lavandera que mantenía a la familia a fuerza de puños que restregaban ropa sucia, me supo un poco desfasado en el tiempo, cuando hoy el mismo mal social tiene otros rostros. Luego me di cuenta de que no podía presumir de conocer toda la obra de nuestro dramaturgo porque el fragmento de En alta mar, con su intención política dirigida hacia lo difícil de crear fraternidad humana, no me fue familiar. Entiendo que es una versión libre de otra obra teatral polaca.La casa del qué dirán, con su clave de farsa –estereotipos, exageraciones–, sigue teniendo la fuerza original sobre uno de los comportamientos fundamentales de las sociedades burguesas: el aparentar, la hipocresía, cuando se vive como en una casa de cristal, atentos a la mirada ajena. El cierre de la noche fue preciso, con parte de una pieza que puso once actores en el pequeño escenario satirizando a los grupos que hacen voluntariado con poses solemnes albergando mezquindades en su interior: La dama meona. Recuerdo el disgusto que produjo esta obra a cierto sector social, más que nada femenino, de nuestra ciudad.Mucho más dejó como legado dramatúrgico. Su carrera de actor, director y escritor, que tentó con poesía y narrativa, antes de descubrir que su mayor creatividad estaba en la escena, merece una biografía, un documental. Creo que hubo un festival centrado en su obra, en que actores noveles lo representaban. Cuando fue profesor de la Católica, él mismo dirigió un inolvidable El baratillo de la sinceridad, con estudiantes que habían tomado su curso. Tuve la suerte de frecuentar el pisito de su casa que adecuó para dirigir obras propias y ajenas, lo llamó Dos Carátulas. Es decir que tengo bastante Pipo Martínez en mi memoria y cualquier intento de recrearlo va a armonizar con el mío. Gracias, Bernardo, Virgilio, Marina. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Pipo, siempre Pipo | Columnistas | Opinión
Tuve la suerte de frecuentar el pisito de su casa que adecuó para dirigir obras, lo llamó Dos Carátulas.








