Durante semanas imaginamos cómo serán las vacaciones. Pensamos en el viaje, en dormir más, en pasar tiempo con la familia o simplemente en dejar de mirar el reloj. También esperamos recuperar algo de lo que ha ido quedando por el camino: disfrutar más de la pareja, hacer planes con los hijos o descansar sin tener siempre algo pendiente. Cuando llegan esos días, puede que no todo suceda como estaba previsto.Una investigación publicada en 2024 en Annals of Tourism Research Empirical Insights analizó el papel que pueden tener las vacaciones en las relaciones de pareja. El trabajo se realizó a partir de dos estudios: uno con 238 participantes y otro con 102 parejas. En el primero, las experiencias que incorporaban cierta novedad o estímulo se asociaron con una mayor satisfacción y pasión después de las vacaciones entre quienes habían viajado con su pareja. En el segundo, los investigadores encontraron también una relación entre este tipo de experiencias compartidas y una mayor intimidad física posterior. El estudio se fija en la cara positiva de esos días. La realidad, sin embargo, no siempre coincide con lo que se había proyectado.Gestión de expectativasLa brecha entre lo que esperamos de las vacaciones y lo que acaba sucediendoSolucionar los problemas de pareja durante las vacaciones no siempre es posibleGetty ImagesJulia, de 48 años, llevaba meses sintiendo que la relación con su pareja ya no era la misma, pero entre el trabajo y los horarios de sus dos hijos nunca parecía haber un buen momento para hablar. “Siempre decíamos que ya lo haríamos cuando estuviéramos más tranquilos. La conversación llegó la segunda noche de vacaciones. Ninguno de los dos la había buscado, pero tampoco podíamos seguir evitándola”, cuenta.El tema siguió presente los días siguientes. Hubo momentos en los que sus hijos se fueron a la playa con amigos o familiares y ellos pudieron pasar más tiempo solos. Estar fuera de casa y sin algunas de las obligaciones habituales les ayudó, según recuerda, a compartir con más calma y a plantearse qué podían hacer para mejorar su relación.Lee tambiénLa distancia entre lo que esperamos de las vacaciones y lo que finalmente ocurre también puede influir en cómo vivimos esos días. Olga Albaladejo Juárez, psicóloga, coach y autora, experta en bienestar y salud integrativa, indica que solemos llegar con la expectativa de descansar, recuperar la intimidad, divertirnos o disfrutar más de los hijos. Cuando la realidad no coincide con esa imagen, puede aparecer una frustración añadida: no solo pesa aquello que está ocurriendo, sino también pensar que no debería estar ocurriendo precisamente durante las vacaciones.También aumenta el tiempo compartido y, con él, algunas diferencias se hacen más visibles. Albaladejo pone ejemplos muy cotidianos: uno quiere levantarse pronto y hacer planes mientras el otro necesita dormir y olvidarse de los horarios; uno imagina unas vacaciones íntimas y el otro prefiere pasarlas con familiares o amigos. Son diferencias que no tienen por qué ser graves, pero que durante el año pueden resultar menos evidentes.Tener más tiempo para hablar no significa estar mejor preparados para hacerloUna pareja de adultos durante sus vacacionesGetty ImagesDurante buena parte del año, observa la psicóloga, la rutina mantiene nuestra atención ocupada con el trabajo, los horarios y las obligaciones cotidianas. Esa estructura ayuda a sostener el día a día, pero también puede hacer que determinadas inquietudes queden relegadas.Aplazar una conversación no significa que carezca de importancia: el cansancio, la dificultad para encontrar el momento o el temor a sus consecuencias pueden hacer que otras urgencias se impongan. Al llegar las vacaciones, algunas cuestiones pueden reclamar más nuestra atención.Descansar no significa estar libre de estrés. Los desplazamientos, los gastos, los imprevistos o pasar más horas pendientes de los hijos pueden añadir cansancio. También se hace más visible el reparto del trabajo de organización y cuidados, algo que, según Albaladejo, hace que para algunas personas irse de vacaciones suponga continuar con buena parte de esas tareas en otro lugar.Asimismo, señala una paradoja: tener más tiempo para hablar no significa estar mejor preparados para hacerlo. La convivencia continua, la falta de espacios propios y la acumulación de pequeñas fricciones pueden generar saturación y hacer más difícil escuchar, comprender matices y expresarse con calma. “Las vacaciones no inventan los conflictos: retiran las distracciones que nos permitían no mirarlos”, resume.Tiempo para pensarConversaciones pendientesLo que aflora durante esos días puede quedarse en una conversación, pero también llevar a plantearse decisiones que hasta entonces no se habían afrontado. María Jesús Álava, psicóloga y directora del Centro Álava Reyes, plantea que muchas de las decisiones que se toman durante las vacaciones no responden a problemas que hayan surgido de repente.Apunta que la convivencia continuada hace mucho más evidente una situación que durante el resto del año quedaba diluida entre las obligaciones diarias. En el caso de las rupturas de pareja, esto puede hacer que algunas personas sientan que ya no pueden seguir ignorando lo que llevan tiempo viviendo. “La convivencia hace tan evidente esa situación que dices: ‘Ya no puedo más’”.La experta añade que ese mismo tiempo de pausa también puede favorecer otro tipo de decisiones, como cambios profesionales o vitales, porque ofrece la distancia y la serenidad necesarias para analizarlos con mayor objetividad.Las vacaciones también pueden abrir un espacio para la reflexión. Mireia Cabero, docente de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y psicóloga-coach de directivos, destaca que durante las vacaciones cambian las condiciones habituales en las que funcionan el cerebro y la mente. La menor presencia de exigencias laborales, obligaciones cotidianas y presión asociada a determinados roles sociales permite desconectar del “piloto automático” y se acompaña, precisa, de una reducción de la carga cognitiva y de la hiperactivación del sistema nervioso.Al reducirse esas demandas, subraya Cabero, quedan disponibles recursos mentales que pueden destinarse a procesos cognitivos más profundos. Entre ellos se encuentra la metacognición, es decir, “pensar sobre nuestros propios pensamientos, emociones y decisiones”. También pueden aparecer la autorreflexión, el procesamiento de experiencias emocionales acumuladas durante el año o la planificación del futuro.A ese proceso contribuyen el contacto con la naturaleza y el cambio de contexto social, que, según la docente, nos permiten mirar nuestra realidad desde otra perspectiva. Pueden surgir entonces preguntas sobre la calidad de vida, las prioridades o hasta qué punto existe coherencia entre cómo vivimos y cómo desearíamos vivir. En sus palabras, las vacaciones ofrecen “una conexión natural con el ser, más que con el hacer o el deber”.Las vacaciones no tienen por qué traer respuestas ni decisiones definitivas. Lo que ocurra a partir de ahí dependerá de cada persona, de cada relación y del momento en que se encuentre.Licenciada en pedagogía por la Universidad de Santiago de Compostela, 2006.Redactora de contenidos, y autora de los libros 'Mommy amor en uso', sobre maternidad y embarazo, y 'Mamá…¡Teta!' de lactancia materna
“Las vacaciones no inventan los conflictos, solo retiran las distracciones que nos permitían no mirarlos”
El final del verano es el momento de mayor consultas por separación: la convivencia continua hace tan evidente lo que no funciona que algunas parejas ya no pueden seguir ignorándolo







