La noche del 2 de septiembre de 1936, Sadí de Buen y nueve personas más fueron fusiladas en Córdoba, frente a las tapias del cementerio de San Rafael. Junto al epidemiólogo, había dos albañiles, un pintor, dos jornaleros... Eran, según el término del periodista Manuel Chaves Nogales, “la España fusilable”. Cuando fue detenido, el 22 de julio, el entonces inspector general de Sanidad del Gobierno de la República se encontraba en la provincia en viaje oficial. No hubo juicio ni proceso, pero se sabía bien quién era, qué familia tenía y sus antecedentes republicanos e izquierdistas.
Sadí de Buen Lozano fue uno de los artífices de la campaña sanitaria más importante que se llevó a cabo en España en la primera mitad del siglo XX: la lucha contra la malaria. Un reducido grupo de personas, con la idea clara de la medicina científica y social, fueron capaces, entre 1920 y 1936, de llegar casi hasta la erradicación de la plaga, que el tajo brutal de la Guerra Civil revitalizó durante 30 años más.
Las campañas se llevaron a cabo con ayuda internacional porque “antes de la Guerra Civil, la lucha antipalúdica fue la única iniciativa de la Sanidad central bien vista por la Fundación Rockefeller, interpretando esta opinión como una evaluación externa del sistema sanitario español”, escribe el historiador de la medicina Esteban Rodríguez Ocaña.









