Desde el imponente Palacio de Capitanía General de Burgos hasta la iglesia de San Lorenzo se tarda un minuto. Es el tiempo que empleó el solemne cortejo nupcial el 26 de septiembre de 1975 entre la expectación popular. El capitán general Mateo Prada Canillas, señor de la guerra, máxima autoridad judicial y responsable último del orden público en la VI Región Militar (que incluía el País Vasco, Navarra, La Rioja y Cantabria), conducía a su hija al altar rodeados por toda la pompa y ceremonia del franquismo crepuscular. Al dictador le quedaban menos de dos meses de vida. Ante la portada barroca del templo se formaron corrillos de chaqués, uniformes y camisas azules del Movimiento. Entre pamela...

s y condecoraciones circulaban en voz baja los peores presagios de muerte. Eran las ocho de la tarde.

Unas horas antes, mientras se vestía de gala para el enlace, Prada Canillas había impartido órdenes confidenciales a su Estado Mayor y su Auditoría de Guerra para fusilar de madrugada a Ángel Otaegui, de 33 años. Militante de ETA, había sido condenado a muerte en un consejo de guerra compuesto por cinco oficiales del Ejército por la coautoría del asesinato del guardia civil Gregorio Posadas Zurrón. Franco (y por inducción su Gobierno) no había hecho uso del derecho de gracia en el Consejo de Ministros de esa misma mañana en el palacio de El Pardo, en Madrid. Duró apenas tres horas. El dossier de las cinco ejecuciones se despachó en minutos y sin oposición documentada. Todo estaba atado y bien atado, como le gustaba apostillar al dictador.