En el frente de Cedrillas (Teruel) durante la Guerra Civil, los soldados republicanos huyen de un intenso bombardeo abandonando las armas. Su comandante húngaro escogió a uno de ellos y lo condenó a muerte, para escarmiento. Las armas no se abandonan nunca. Cuando estaba a punto de dar la orden de fuego dijo que se lo había pensado mejor y que las balas eran para los enemigos. “Lo colgaremos de un pino (…) Firmes todos, tuvimos que presenciar cómo se colgaba y moría un compañero”. Este terrible episodio lo cuenta Alfons de Batlle en unos folios de memorias que escribió en castellano tras su jubilación. También se han conservado unas ochenta cartas en catalán que envió a su novia Maria Tuèbols entre agosto del 37 y noviembre del 38 desde el frente de Aragón y, convaleciente, desde Valencia. Soldado camillero vivió muy de cerca los horribles desastres de la guerra. El periodista e historiador Xavier Martí i Ylla, gracias a los herederos de Alfons, especialmente de su hija Josefina, que custodiaron este material, ha podido bucear en una historia, aparentemente minúscula, pero muy reveladora de una época y no únicamente del episodio bélico. Porque aparecen miedos, sentimientos, pasiones, zarpazos familiares, encorsetamientos sociales… El resultado: Alfons de Batlle, Mestre empordanès (Norfeu).Hijo de la payesía acomodada de Llers, vivió ignorado, abandonado, por los padres. Fue su abuelo quien tuteló su crecimiento. Tras la guerra, ejerció de maestro. “En la familia de la esposa hay cinco generaciones de maestras, algo muy poco frecuente”, destaca Martí. El dinero tuvo la culpa de más de una desgracia familiar. Un tío suyo le disparó, sin consecuencias, por una ambición hereditaria y el cura, su tutor, encargado de administrar su herencia… lo estafó, según Alfons.Para Xavier Martí, Alfons era “valiente, convivió y se sobrepuso a dos tragedias: el desamor familiar y la guerra. Buen hombre, reservado, hablaba poco de la guerra y cuando lo hacía era sobre temas generales. Deportista, disfrutaba jugando en la escuela. Era un personaje abierto de mente. Sus exalumnos explican que los métodos del maestro De Batlle no solo mostraban obediencias al régimen. Su sistema pedagógico no era el de la Nueva España: se había formado con la metodología republicana”. Para ejercer de maestro después de la guerra tuvo que superar un curso de reciclaje ideológico en el Escorial, “pero, siendo el colectivo de maestros uno de los más perseguidos y vigilados por el franquismo, sorprende la facilidad con que accedió a la profesión”. Un dato que podría explicarlo es la raigambre de su apellido. Ya casado con Maria, el matrimonio tuvo su primer destino el 11 de noviembre de 1940 en Espolla (Alt Empordà).Como señala Martí, la condición de camillero de Alfons “lo convierte en un espectador de excepción”. Las cartas, además de ser la mejor manera que tenía de mantener el contacto con Maria (cuyas respuestas epistolares se han perdido) “son una forma de supervivencia”. En ellas no hay épica ni desfogues mitineros que, según cuales, tampoco los habría permitido la censura republicana de la correspondencia. Es en sus memorias posteriores donde, sin filtros, manifiesta su resentimiento contra los jefes militares y políticos. Y relata la arenga de un delegado político que tras alabar el sacrificio de quien muere por la patria “subiose rápidamente a un coche blindado”. El mismísimo Líster, cuenta, les pasó revista “desde un vagón blindado”. Los políticos, escribe, se dedicaban a hacer propaganda desde lugares seguros “donde no llegaba la miseria ni el lamento de los heridos”.En las cartas, sabedor de los bombardeos sobre Figueres, una ciudad particularmente castigada con siete ataques de la Legión Cóndor en 1938, muestra su preocupación por Maria y su familia. Con dificultades de avituallamiento -llevará la misma camisa cinco meses-, le pide calcetines para sobrevivir al congelante frío aragonés o tabaco (“de la clase que sea, por ejemplo hojas de patata”), no oculta que se ha quedado con los zapatos de un prisionero o que tras esconderse de un bombardeo en un campo… todos salieron con tronchas de hortalizas (“hicimos más daño nosotros que las bombas”).Hay escenas impensables. En el frente de Teruel muchas veces ambos bandos estaban a escasa distancia y tenían “algunas palabras unos con otros”. “Un día alguien propuso que en vez de matarnos dirimiéramos nuestras fuerzas jugando un partido de fútbol. (…) Yo jugué medio descalzo porque ni zapatos tenía” y con mucho miedo al marcar los goles por si empezaban los disparos. Con dos árbitros, uno por cada bando, hubo paz y ganó el equipo republicano (2-0). “Terminado el partido nos despedimos como buenos amigos (…) Y lo que son las cosas: al cabo de unos días nos matábamos los unos a los otros”. “Episodios como éste no sé cómo pueden soportarse psicológicamente”, subraya Martí.El autor del libro considera que Alfons no era una persona políticamente significada. Nieto de un hacendado tradicionalista, estuvo afiliado durante la República a la UGT y salvó la vida de dos curas. Ambos le traicionarían posteriormente. Uno en la gestión de la herencia y el otro negándole un aval ante las autoridades. Durante toda su vida arrastró la frialdad de los padres y la tragedia de la guerra, pero a pesar de ello, concluye Martí en el libro, consiguió vivir con plenitud gracias al ejercicio de la profesión, la estimación de la familia y el amor por la naturaleza. Dejó un bello recuerdo a su paso.