Julio de 1936. Madrid, ciudad sin ley. El Gobierno ha armado a las milicias de partidos y sindicatos. Despu�s de aplastar la sublevaci�n militar, los milicianos se entregan a una escalada de sangre y terror contra personas inermes consideradas enemigas de la revoluci�n. En Chamart�n de la Rosa, entonces municipio independiente, los victimarios abandonan los cad�veres de sus v�ctimas en las carreteras de Francia y de Maudes, las tapias del cementerio e incluso en las calles del pueblo, como Poniente, en la colonia de hotelitos junto a la actual estaci�n de Chamart�n.Entre los asesinados hay hombres y mujeres, de entre 18 y 60 a�os. M�s de medio centenar son vecinos del pueblo. Casi otro centenar son personas llevadas all� desde Madrid para ser paseadas. Algunas son v�ctimas de las siete�checas que operan en el municipio, como la de las Cuarenta Fanegas, en las actuales instalaciones de la Guardia Civil en la calle Pr�ncipe de Vergara, o la del Instituto Nebrija, en el hoy Colegio Nuestra Se�ora del Recuerdo.Tambi�n funciona como checa la sede del Ayuntamiento de Chamart�n de la Rosa, hoy Junta Municipal de Tetu�n, en la calle Bravo Murillo. Lo hace con la complicidad o la pasividad del alcalde y de sus concejales. Salvo uno, Marcial Lafuente Estefan�a, nuestro protagonista, de cuyo fallecimiento, el 7 de agosto de 1984, se cumplen ahora 42 a�os.Nacido en Toledo en 1903, hijo del escritor, periodista y abogado Federico Lafuente L�pez-El�as, propietario y director de El Heraldo Toledano, Lafuente Estefan�a estudi� Ingenier�a Industrial y tuvo ocasi�n de viajar a Estados Unidos, experiencia que le marcar�a para el futuro como autor de novelas del Oeste. En el futuro vender�a m�s de seis millones de ejemplares en todo el mundo. Protagoniz� en el Madrid revolucionario de 1936 una historia de leyenda, llena de hero�smo y humanidad. Recuperamos con detalle para Cr�nica un cap�tulo conmovedor de esta lecci�n de coraje y bonhom�a, cuando Lafuente salv� a un juez de unos pistoleros, como si fuera uno de sus relatos de western.Marcial Lafuente Estefan�a, autor de novelas de 'western' con m�s de seis millones de ejemplares vendidos.P. CORRAL / CR�NICAVOLUNTARIO MILITARCinco meses despu�s de comenzada la guerra, el 15 de diciembre de 1936, Lafuente Estefan�a, que contaba con 33 a�os, pas� a formar parte de la corporaci�n de Chamart�n de la Rosa como representante del sindicato CNT. Ejerci� como concejal y teniente de alcalde hasta el 24 de mayo de 1938, en que se incorpor� como voluntario a las filas militares republicanas, siendo destinado como comisario pol�tico de batall�n a la Comandancia General de Artiller�a del Ej�rcito de Extremadura, en Los Y�benes (Toledo).Lafuente Estefan�a se distinguir� como concejal en la protecci�n de los funcionarios municipales considerados desafectos al Frente Popular. �Sabiendo nuestros ideales, jam�s atac� a funcionario alguno de derechas�, afirmar� despu�s de la guerra el secretario municipal, Ignacio Ord�s. Otros quince empleados del ayuntamiento firmar�n una declaraci�n similar.La actitud de Lafuente Estefan�a en contra de los cr�menes que asolan el pueblo llegar� a su culmen en un pleno municipal, el 4 de marzo de 1937, de cuya acta se conserva copia. Ese d�a denuncia ante el alcalde, Eusebio Parra Ruiz, a un edil socialista ya dimitido, Francisco Garc�a Diez, por haber cometido un �delito vituperable�: asesinar a Jos� Arias D�az, que era el portero de la casa del futuro escritor, despu�s de que �ste se hubiera negado a pagar 600 pesetas a cambio de que se retirara una denuncia municipal contra la finca en la que trabajaba.�Lafuente Estefan�a no hab�a podido evitar el crimen contra su portero, que estuvo detenido en diciembre de 1936 en el consistorio de Chamart�n antes de ser paseado. Pero aquella experiencia le envalenton�. Solo ante el peligro, a finales de febrero de 1937, cuando a�n contin�an los asesinatos, se enfrenta a unos milicianos que acaban de traer detenido al juez municipal del pueblo.El juez era C�sar Donoso Guilhou, de 37 a�os, descendiente de una familia de acaudalados banqueros y empresarios, con intereses mineros e inmobiliarios, provenientes de Francia. El abuelo del juez municipal, Luis Guilhou Rives, se hab�a establecido en Chamart�n de la Rosa junto con su hermano Numa a mediados del siglo XIX, y se convertir� en un gran terrateniente del municipio madrile�o.En su novela 'La pesadilla de un juez' Marcial Lafuente Estefan�a evoca lo vivido durante la Guerra Civil.isodioCR�NICASuya era la Quinta de San Enrique, actual propiedad de la ONCE, donde construy� el palacete hoy existente, del que err�neamente se suele decir que fue habitado por Napole�n cuando tom� Madrid en 1808. Embargada por problemas financieros de sus herederos, en tiempos de la Segunda Rep�blica la quinta fue comprada en subasta por el Gobierno para el Patronato Nacional de Ciegos por un mill�n de pesetas, cuando su precio real, seg�n reconoci� el ministro de Instrucci�n P�blica, Fernando de los R�os, era de entre ocho y nueve millones.Su adquisici�n se realiz� despu�s de que el Estado expulsara a los ciegos de un edificio p�blico, el Colegio Nacional, y fue criticada por la diputada Clara Campoamor en la sesi�n de las Cortes del 19 de mayo de 1933. As� figura en el diario de sesiones que me facilit� amablemente Jos� Mar�a Donoso Larrarte, uno de los nueve hijos que el juez municipal tuvo de su matrimonio con Matilde Larrarte Ferr�n.El origen familiar de C�sar Donoso Guilhou no le auguraba nada bueno ante los pistoleros de la revoluci�n, como tampoco su condici�n de representante de la ley como juez municipal, lo que vendr�a a ser hoy un juez de paz. De hecho, sus captores le advirtieron �que aquella era su �ltima noche�.Paradojas del destino, como juez municipal era el encargado del registro civil de Chamart�n, donde hab�a ido inscribiendo en los �ltimos siete meses las defunciones de las v�ctimas del terror frente populista halladas en el t�rmino. Incluso tuvo que anotar el 26 de agosto de 1936 la de Jos� Valls Ortega, un joven de 22 a�os asesinado en la calle Luis Guilhou, dedicada a su abuelo.GANGSTERISMOAdem�s, como juez municipal hab�a tenido protagonismo en uno de los casos m�s sonados del gangsterismo anarquista, cuando el 25 de noviembre de 1932 se produjo el asalto a la familia del conde de Riudoms, Juan P�rez Seoane, que circulaba en su autom�vil por la carretera de Francia con intenci�n de exiliarse al pa�s vecino. A la altura de El Molar la banda del pistolero libertario Felipe Sandoval, alias Doctor Mu�iz, considerado el �enemigo p�blico n�mero uno� por las autoridades republicanas, detuvo el coche a punta de pistola y desvalij� a los condes de Riudoms, rob�ndoles dinero, joyas y otros objetos por valor de m�s de 150.000 pesetas, adem�s del autom�vil, que utilizaron en la huida.El caso del asalto a los condes de Riudoms lo instruy� el juez titular de Colmenar Viejo, Alejandro Royo Fern�ndez Cavada, bajo cuyas instrucciones trabaj� C�sar Donoso en el desempe�o de las funciones auxiliares que ten�an reconocidas los jueces municipales en apoyo de los de instrucci�n.C�sar Donoso otorg� a la Guardia Civil el mandamiento de entrada y registro en una casa en la calle de Espa�a de Chamart�n de la Rosa donde viv�a un miembro de la banda, Juan Soria Lucas, que luego ser�a apresado en Barcelona. En aquella casa fue detenido otro pistolero de Sandoval, Ignacio Casado. Las fuerzas del orden encontraron una peque�a parte del bot�n del asalto a los condes de Ruidoms, as� como una pistola, explosivos, detonadores y material inflamable.La labor judicial y policial termin� con Sandoval y sus c�mplices en la prisi�n de Colmenar Viejo, de la que lograron escapar en abril de 1933, para ser detenidos de nuevo y recluidos en la madrile�a c�rcel Modelo, de la que ser�an liberados una vez comenzada la Guerra Civil como el resto de delincuentes comunes. Desde entonces, seg�n Carlos Garc�a-Alix en su libro y documental El honor de las injurias, dedicados a Sandoval, este se convertir� en uno de los m�s crueles �verdugos de la revoluci�n�.Banda de forajidosEl juez Alejandro Royo, que hab�a conseguido la desarticulaci�n de esta banda de forajidos, encontrar�a la muerte en esas fechas, despu�s de evitar que una turba asaltara la c�rcel de Colmenar Viejo para asesinar a los presos derechistas. El 11 de agosto de 1936, cuando viajaba en el autob�s de l�nea de Colmenar Viejo a Madrid para pedir protecci�n personal a las autoridades, unos milicianos detuvieron el veh�culo en la Plaza de Castilla y le obligaron a bajar.El juez fue acribillado en la cuneta a la vista de todos los pasajeros y viandantes. Muri� al ser trasladado a la casa de socorro establecida en la misma sede del Ayuntamiento de Chamart�n. Fue su compa�ero el juez municipal C�sar Donoso quien inscribi� en el registro civil su defunci�n.A la vista de estos hechos, es seguro que C�sar Donoso vio sus horas contadas en el calabozo del Ayuntamiento de Chamart�n de la Rosa. Pero al comparecer ante el comit� revolucionario, se encontr� con un inesperado �ngel custodio: Lafuente Estefan�a, que �se opuso en�rgicamente a cualquier represalia contra mi persona�, seg�n declarar�a despu�s de la guerra.El juez detall� que cuando sus captores estaban buscando un coche para llevarlo a un lugar donde asesinarlo, Lafuente Estefan�a �hizo incapi� (sic) en su oposici�n, nombrando una nueva guardia que me condujera a los calabozos del ayuntamiento, ya que dada la actitud excitad�sima de los que hab�an practicado mi detenci�n no crey� oportuno para salvar mi vida en aquellos momentos ni el ponerme en libertad ni el que los mismos que me hab�an detenido volvieran a hacerse cargo de m�, garantiz�ndome que mientras estuviese en los calabozos del tan referido ayuntamiento no me ocurrir�a nada�.Una vez liberado, C�sar Donoso pas� a la suplencia del juzgado municipal, donde actu� el resto de la guerra, tambi�n en funciones de persecuci�n del acaparamiento de v�veres y los sobreprecios, acusaciones que sol�an ser castigadas con multas a los infractores.En septiembre de 1938 fue detenido de nuevo por agentes del contraespionaje militar republicano, el Servicio de Investigaci�n Militar (SIM). Ingres� en la c�rcel de Porlier acusado de complicidad en la compraventa de propiedades inmobiliarias, negocio que estaba prohibido por las autoridades republicanas. La acusaci�n deriv� finalmente en el delito de desafecci�n al r�gimen.Se le concedi� la libertad provisional el 24 de noviembre de 1938, y ya no dio tiempo a su enjuiciamiento con el fin de la contienda. C�sar Donoso Guilhou falleci� en 1951, tres a�os despu�s de que Chamart�n se incorporar� como distrito a la ciudad de Madrid.EN LA C�RCELSu salvador, Lafuente Estefan�a, se entreg� a los franquistas el 28 de marzo de 1939, cuatro d�as antes de acabar la guerra, en la Comandancia Militar de Ciudad Real. Estuvo detenido en la misma c�rcel de Porlier a la espera del consejo de guerra. Se le acus� de ser �persona peligrosa y de acci�n�, de haber participado en incautaciones e intervenido �m�s o menos directamente� en los asesinatos cometidos en la localidad y de ser colaborador de la checa de la plaza de toros de Tetu�n. Sin embargo, la �nica denuncia contra �l fue la de la viuda del portero de su casa, que le reprochaba haberla atendido con cajas destempladas cuando fue a pedirle ayuda para su marido detenido. Todos los dem�s testimonios fueron de descargo, y muchos aseguraron que le deb�an la vida, como el propio C�sar Donoso Guilhou.A pesar de haber arriesgado su vida para salvar a personas amenazadas, el fiscal franquista acus� a Lafuente Estefan�a del delito de adhesi�n a la rebeli�n y pidi� para �l una pena de 30 a�os de prisi�n a muerte, como figura en el sumario 36194 que se conserva en el Archivo General e Hist�rico de Defensa.Juzgado en Las Salesas el 31 de julio de 1941, se reconoci� su �buen comportamiento favoreciendo de manera eficaz a personas de orden�, pero a pesar de ello fue condenado a 20 a�os y un d�a de c�rcel. La sentencia cont� con un voto particular que rebajaba la pena al no apreciarse de su actuaci�n �su identificaci�n ideol�gica con la rebeli�n marxista�. Cinco meses m�s tarde, el 21 de noviembre de 1941, se le concedi� la prisi�n atenuada en su domicilio, con obligaci�n de presentaci�n en el juzgado.En los dos a�os y medio pasados en prisi�n, Lafuente Estefan�a hab�a comenzado a escribir, aprovechando cualquier trozo de papel, para recrear en el Oeste americano aventuras de valor y humanidad, de cobard�a y crueldad, como las que hab�a vivido en medio de la barbarie de la Guerra Civil. Algunos de los t�tulos de sus novelas posteriores, como Matar� al juez o La pesadilla de un juez, incluso evocan el episodio que acabamos de relatar. Cualquier parecido con la realidad puede no ser pura coincidencia.
El 'best seller' espa�ol que salv� a un juez de unos pistoleros, como si fuera uno de sus relatos del Oeste
Julio de 1936. Madrid, ciudad sin ley. El Gobierno ha armado a las milicias de partidos y sindicatos. Despu�s de aplastar la sublevaci�n militar, los milicianos se entregan a una...







