Finales de julio de 1938, en un lugar indeterminado entre Gandesa y Corbera, Terres de l’Ebre. La 16ª división del Ejército Popular de la República, comandada por Manuel Mora Torres, se dirige hacia la batalla más decisiva de la Guerra Civil española. Exhausto, Juan López, anarquista de Jimena de la Frontera, un pueblo corchero de la sierra de Cádiz, se acerca a un pozo para llenar la cantimplora. Allí escucha el sollozo de un prisionero, que al sentirse observado arroja algo al matorral. López lo recoge: es un escapulario cuyas letras bordadas dicen “detente, bala”, por un lado, y “Señor, protégelo”, por el otro. El prisionero tiembla, cree que va a morir, y cuenta al anarquista que su abuela se lo colgó al cuello mientras le decía que le rezara cuando se viera en apuros.

Pero Antonio Rebollo, soldado cartameño enrolado a la fuerza en el ejército franquista, no murió aquel día. “Si alguna vez vuelves a ver a tu abuelita le dices que fue un andaluz de Jimena, no creyente, quien te ha protegido hoy en este lugar; puedes ponerte las medallas que quieras, ya que somos libres de colocarnos lo que se nos antoje”, le dice el anarquista mientras le devuelve el colgante. “Le di mi nombre y le insistí para que se lo contara a su abuela. Luego me alejé de él deseándole suerte”, escribiría en un cuaderno de cuartilla décadas después.