Cecilio Romaña, Luis Portillo y Alejandro Miquelarena se vistieron el uniforme de la República para defender al país del golpe de estado franquista. Intentaban volver del frente a su localidad natal de Castro Urdiales a pie por la montaña. Al llegar a la zona de Miera, fueron detenidos y torturados en el Alto del Machorro por un grupo de falangistas que les fusilaron en el pueblo cántabro de Mirones, que guardó la memoria del dramático suceso del 6 de septiembre de 1937.

Portillo tenía 22 años y procedía de una familia humilde de pescadores de Castro Urdiales. Romaña era pescador, padre de cinco hijos y afiliado a la CNT. Miquelarena, también pescador, abandonó la escuela siendo niño para ayudar a su familia y había sido concejal del Ayuntamiento de Castro antes de incorporarse a las filas republicanas. Tenía 27 años cuando fue asesinado.

Fue mucho más que un disparo mortal. Sus verdugos no se conformaron con eso y en aquella amarga madrugada arrojaron sus cuerpos al río, tal vez en la convicción de que la corriente lavaría las huellas de aquel crimen.

Pero, en cuanto desaparecieron los pistoleros, los vecinos de Mirones que lo habían visto todo corrieron hacia la orilla a tiempo de rescatar los cuerpos que enterraron posteriomente en una fosa común junto al cementerio parroquial de Mirones, en el municipio cántabro de Miera.