La foto nos la hizo Ana. En ella Olga está de pie junto a la cama, me agarra la cabeza con las dos manos y me besa la coronilla, pero su mirada no acompaña al beso; podría parecer que se dirige a mi muñón vendado, pero tampoco. Está mucho más allá, perdida en algún lugar periférico, o quizá interior, al que se dirigen los ruegos y los agradecimientos. Yo estoy recostada en la cama y le echo los brazos al cuello, los ojos se me cierran cuando sonrío con mucha fuerza. Podría estar borracha, podría ser una foto de alguna de nuestras vacaciones juntas si no fuera por el camisón deprimente lavado un millón de veces a noventa grados, los tubos que me salen de la piel, mi color grisáceo y que ya no estoy entera. En la foto, Olga está asustada y suplica en silencio; yo, sencillamente, justo en ese instante, estoy contenta de estar viva.

Aquella habitación soleada fue el primer hogar de mi cuerpo nuevo, allí tuve todo el tiempo del mundo para observarlo. Tenía la seguridad de que no era mi cuerpo de siempre sin el miembro perdido; no me sentía como el fruto de una reparación sino de una gestación, de una génesis. Mi peso no era el mismo, mi equilibrio no era el mismo y casi podía notar mi cerebro abandonando antiguos vicios como la existencia de un pie derecho. Los profundos caminos neuronales horadados durante décadas empezaban a difuminarse y nacían otros nuevos.