Durante 15 siglos, algunas mujeres tuvieron que inventarse una manera de viajar que no estaba pensada para ellas. Una monja del siglo IV que cruzó el Mediterráneo, una botánica que se tuvo que disfrazar de hombre, dos gemelas escocesas a la caza de manuscritos, una cronista que dio la vuelta al mundo con una bolsa de mano... Este es un recorrido por lo que llevaban encima y por lo que tenían que esconder.Elizabeth Bisland vs Nellie Bly La escritora Elizabeth Bisland (1861-1929) viajaba con alfileres. Muchos. Son de esas cosas que no se echan de menos hasta que faltan, y en el siglo XIX una mujer sin alfileres ni horquillas se descomponía por partes: el pelo, el cuello, el ala del sombrero. La también periodista llevó los suficientes para rehacerse cada día en cualquier camarote. Hizo el trayecto con dos vestidos de tela, media docena de corpiños ligeros y uno de noche de seda, cuando podría haberse llevado, reconoció, el ropero de invierno entero y buena parte del de verano. Y aun así el baúl no dejaba de crecer: lo que iba necesitando por el camino lo llenó tanto que solo un embalaje cuidadoso y su firmeza y la de su criada lograron cerrarlo del todo. Cabía el mundo entero dentro, a condición de sentarse encima.Bisland iba a dar la vuelta al mundo compitiendo (aunque tardó en enterarse de que competía) contra otra periodista que había salido el mismo día en sentido contrario. Su rival era Nellie Bly (1864-1922), que viajaba con todavía menos: un vestido puesto, un abrigo y una bolsa de mano. Trabajaba en el World de Joseph Pulitzer, y cuando propuso la idea, allá por 1888, su director le explicó con tono paternalista que aquella era una misión inviable para una mujer sola, que necesitaría una carabina y que con tanto equipaje llegaría tarde a todas partes. Que mejor mandaban a un varón. “Mande usted al hombre”, le contestó ella, “que yo salgo hoy mismo para otro periódico y le gano”. Era un farol, pero funcionó: no se marchó a ninguna parte y el World terminó enviándola a ella a la aventura. Tardó 72 días, 6 horas y 11 minutos, una cifra que el periódico convirtió en concurso, con premio para quien adivinara el minuto exacto de su regreso. Bisland, que corría en sentido contrario para Cosmopolitan, llegó cuatro días después, sin saber que en algún momento del camino la habían engañado para que perdiera el barco más veloz.Cuando Jeanne fue JeanCasi cien años antes, otra mujer había resuelto el problema del equipaje de una forma más radical: vistiéndose por completo como lo hacían por entonces los hombres. Jeanne Baret (1740-1807) se convirtió en Jean Baret para poder embarcar en la expedición de Louis-Antoine de Bougainville de 1766 para descubrir nuevos territorios para la Corona, porque en esa época la armada francesa prohibía expresamente la presencia de mujeres en sus navíos. Pasó tres años recolectando plantas por medio mundo bajo ese disfraz, cargando especímenes y cajas en terrenos tan hostiles como la Patagonia a las órdenes de un naturalista, Philibert Commerson, que firmaba lo que hallaban los dos. En las costas de Río se le atribuye una enredadera de flores moradas que hoy cubre las tapias de medio planeta. Se llama bugambilia, por Bougainville, el capitán, no por ella, que la encontró. El final de su historia es peor de lo que suele contarse. La versión oficial dice que la descubrieron en Tahití, donde los isleños le adivinaron el sexo de un vistazo; otros que iban a bordo escribieron que fueron unos marineros quienes la desnudaron a la fuerza, meses después, en una isla del Pacífico. El resto de la tripulación lo sospechaba desde hacía tiempo y había preferido callar porque aquella mujer sabía más de botánica que todos ellos.Lo que el cuerpo tenía prohibido hacerAntes de discutir si una mujer podía cruzar un océano, había que discutir si podía moverse con libertad dentro de su atuendo. Annie Cohen (1870-1947), una vendedora de espacios publicitarios en Boston que se hizo llamar Annie Londonderry por cien dólares de patrocinio, se lanzó en 1894 a recorrer el mundo en bicicleta para ganar, según la historia que ella misma difundió, una apuesta de dos millonarios convencidos de que ninguna mujer lo lograría. No sospechaban que ella ni siquiera sabía montar. Aprendió en cuatro días, a marchas forzadas. Se colgó del manillar un cartel del agua Londonderry a cambio de esos cien dólares —apellido con el que pasaría a la historia— y salió a pedalear embutida en un corsé y falda larga, que era el uniforme permitido incluso sobre dos ruedas. Duró poco. Pronto lo sustituyó por un pantalón bajo una falda corta y un traje de lana azul, y encontró en la velocidad algo que llamó una forma nueva de fuerza física, una igualdad con los hombres que no había experimentado antes. No tardaron en seguirla otras mujeres, que empezaron a mirar la bicicleta como un invento revolucionario, más allá del capricho deportivo. Gertrude Bell (1868-1926), en sus expediciones por el desierto mesopotámico, resolvió el mismo conflicto de otra manera: llevándolo todo. Cargaba pistolas, rifles, una bañera de lona, una mesa, ollas, provisiones, sábanas, vajilla, un juego de té de porcelana y cubertería de plata para cenar con invitados distinguidos en mitad de la nada, además de vestidos franceses, chaquetas de tweed y sombreros con plumas. Cargaba a la exploradora y a la dama victoriana en el mismo baúl, por territorios donde ningún hombre de su clase social se hubiera atrevido a cabalgar solo. De niña había escrito que le encantaría visitar el museo nacional, pero que nadie la llevaba, que si fuera un chico podría ir cada semana, y que a una chica se le negaba incluso la posibilidad de ver cosas hermosas. Terminó siendo la primera mujer con matrícula de honor en Historia Moderna por Oxford, aunque la universidad no daba entonces títulos a las mujeres, de modo que, en rigor, no llegó a licenciarse. Lawrence de Arabia decía que ella, por ser mujer, por su energía y por su temeridad, le sacaba a cualquier oficial lo que se propusiera. Quien viera pasar aquella caravana, con la porcelana inglesa y los rifles dando tumbos, no sabría si tenía delante una expedición militar o una casa de campo que había echado a andar.Una monja y dos gemelasHubo un equipaje aún menos visible, el que algunas cargaron para poder estudiar. Agnes (1843-1926) y Margaret Smith (1843-1920) eran unas gemelas escocesas a las que su padre, sin hijos varones, educó como se educaba a los chicos, con una condición: las llevaría a cualquier país cuya lengua aprendieran. Aprendieron más de 12. En febrero de 1892, en el monasterio de Santa Catalina del Sinaí, Agnes distinguió bajo un devocionario de vidas de santas una escritura más vieja y borrosa que alguien había raspado siglos atrás para reutilizar el pergamino: uno de los evangelios más antiguos conservados en siríaco. Volvieron con una cámara y lo fotografiaron hoja por hoja. Cambridge, la ciudad donde vivían, nunca les dio un título; se los concedieron, honoríficos, otras universidades.Mil quinientos años antes que ellas, otra mujer culta había encontrado en la fe la única vía de acceso al mundo que se le permitía recorrer sola. El equipaje de Egeria cabía en unas cartas. Nacida en algún punto de la Galicia actual, peregrinó entre los años 381 y 384 desde el extremo occidental de Europa hasta Tierra Santa y lo fue anotando todo para sus hermanas de comunidad, a las que llamaba sus venerables señoras. Era, según escribió de sí misma, satis curiosa, bastante curiosa. La primera escritora hispana de la historia escribía en el latín de la calle, no en el de los doctos. Su cuaderno estuvo perdido durante siglos, hasta que en 1884 Gian Francesco Gamurrini lo encontró en la biblioteca de un convento de Arezzo, cosido a un tratado de teología.Lo que quedó después del viajeA casi ninguna le llegó el reconocimiento a tiempo. A Baret le firmaron una pensión casi veinte años después de embarcarse, un papel del Ministerio de Marina que admitía por escrito que aquella mujer extraordinaria había dado la vuelta al mundo vestida de hombre. A Bisland, la trampa del vapor lento le costó la fama, que se quedó entera Nellie Bly, aunque para la mayoría su aventura estaba mejor escrita, cosa que consuela poco. A las gemelas, ni una línea de Cambridge. A Gertrude Bell le tocó un papel de primer orden en el trazado de las fronteras de Irak, y aún hoy nadie sabe si felicitarla. Pienso en ellas cada vez que veo una maleta con ruedas cruzar sola el control de un aeropuerto, sin que nadie pida una carabina y sin un alfiler dentro. No sé si lo entenderían. Puede que solo preguntaran por qué se tardó tanto.
El equipaje imposible de las primeras mujeres viajeras de la historia
Nellie Bly dio la vuelta al mundo tan solo con una bolsa de mano, Jeanne Baret se vistió de hombre para poder embarcar en una expedición y otras aventureras valientes que desafiaron el papel que la sociedad les tenía asignado








