“Cambié la toga por la mochila y desde ese día no he dejado de viajar”. Así resume Cándida García Santos (91 años, Motril), conocida en redes como Kandy o la Abuelita Mochilera, el giro que dio a su vida hace unas décadas. Abogada de profesión, a los 66 años emprendió sola un viaje de nueve meses alrededor del mundo. Su sueño de viajar nació en la infancia, cuando ayudaba a su familia en un cámping frecuentado por viajeros de distintos países. Después se casó, llegaron los estudios de Derecho y una vida dedicada al trabajo que dejó ese deseo en pausa. Hasta que decidió recuperarlo nada más jubilarse.Desde aquel primer viaje no ha parado. Cada mes prepara una mochila ligera para recorrer nuevos destinos. “He visto paisajes, conocido culturas, hecho amigos de todo tipo”, explica. Hoy comparte sus aventuras en redes sociales y, con 86 países visitados, celebra haber dado aquel paso.Como esta viajera, cada vez son más las personas que deciden dar un giro a sus vidas después de los 60 años. Algunas cambian de profesión, o empiezan a estudiar en la universidad solo por gusto, ponen en marcha un proyecto creativo, se convierten en influencers o descubren las maravillas de la naturaleza.Pero hacer algo nuevo no siempre tiene que suponer un giro tan radical como el de Kandy. Basta un gesto sutil como adoptar una nueva actitud, un nuevo hábito o una experiencia que suponga un desafío de una vez. “El mar siempre fue parte de mi universo y ha sido mi refugio”, nos cuenta Blanca Baucells, psicóloga de 61 años que vive en Barcelona. “Siempre rondó la idea de bucear, pero no me atrevía. Mis hijos, que son instructores, me animaron en Bali. La noche anterior, mi marido y yo no dormimos de los nervios, y cuando fue el día, solo puedo decir que la experiencia fue indescriptible. A pesar de la inquietud de estar bajo 7 metros, no olvidaré nunca la tranquilidad, los colores y el silencio, la lentitud y esa sensación de invadir un medio en el que eres un espectador”. Y es que Blanca lo tiene claro: “Hay que tener retos en la vida; cada cierto tiempo, hay que pensar en una meta o ilusiones, porque no hay edad para el entusiasmo”.Siempre me rondó la idea de bucear, pero no me atrevía, hasta que mis hijos, que son instructores, me animaron en Bali; cuando llegó el día, la experiencia fue indescriptibleBlanca Baucells61 añosEn un contexto de mayor esperanza de vida, la longevidad deja de entenderse únicamente como vivir más años para convertirse en una oportunidad en la que redescubrir intereses, explorar nuevas facetas personales y empezar algo nuevo resulta cada vez más habitual. Así, los 60 años se convierten en una etapa de transición vital para redefinir la identidad, buscar un nuevo propósito y vivir de forma más coherente con sus valores. “No quiero esperar a jubilarme para hacer las cosas que quiero”, dice Blanca.El psicólogo Xavier Guix, máster en Pensamiento Contemporáneo y Tradición Clásica, y postgrado en Psicopatología Clínica, sostiene que toda una generación de late boomers (nacidos entre 1955 y 1964) demuestra que hacer algo por primera vez cumplidos los 60 años es una tendencia en alza. “Suelen tener una visión más pragmática y flexible, ya que crecieron en un mundo menos idealista, más incierto, en una cultura basada en el esfuerzo, por lo que puede que aprendieran de jóvenes que la frustración solo era una parte del éxito y no la puerta de salida”, acota.Lee tambiénEsta tendencia se nutre de varios factores. Uno de ellos es el aumento de la esperanza de vida, que en España ya supera los 84 años de media. “Después de los 60, aún nos esperan 20 o 30 años de vida, por lo que tener una perspectiva u horizonte más extenso incrementa el ámbito de actividad, no lo reduce”, sostiene Guix. A ello se suma que, por lo general, hay menos responsabilidades familiares y laborales: han dejado de trabajar, los hijos se van de casa, puede que ya no paguen una hipoteca y que haya más tiempo libre.El propósito después de la jubilaciónCumplir años también cambia la manera de mirar la vida. Tras la jubilación, muchas personas dejan de medir el éxito por lo que hicieron y empiezan a preguntarse por lo que aún pueden hacer. La necesidad de encontrar un propósito, cultivar relaciones y vivir con mayor autenticidad gana protagonismo. Y la ciencia avala ese cambio. Una revisión sistemática publicada en The International Journal of Aging and Human Development, que analizó 31 estudios sobre personas mayores, concluye que perder el rol laboral obliga, en cierto modo, a buscar nuevas metas que den sentido a esta etapa.Las conclusiones coinciden con otro metaanálisis de 2022, basado en 44 investigaciones con mayores de 65 años, que señala que el propósito vital deja de apoyarse en la carrera profesional y pasa a construirse sobre otros pilares: las relaciones significativas, el crecimiento personal, la espiritualidad, la fidelidad a los propios valores o la sensación de que la vida sigue teniendo significado.Kandy García ha viajado por todo el mundo pasados los 60. CedidaEn ese camino, preguntas como “¿qué es lo que aún podría hacer?” o “¿qué puedo practicar o aprender que hasta ahora no ha sido posible?” pueden abrir puertas inesperadas. Xavier Guix lo resume así: “La edad no debe ser un problema, si el propósito es vivo y es posible”. Muchas veces, el cambio empieza recuperando una afición aparcada durante años. “Lo más probable es que la persona elija actividades que le gustan o siempre haya querido probar”, señala el psicólogo, quien añade que “se siente curiosidad y alegría por poder hacer algo que no se basa en la obligación, sino en el goce”. Al final, todo parte de una decisión: “Hay que quererlo, para quererlo hay que conocerlo y para conocerlo hay que elegirlo”.Pero que no se haya hecho nunca no significa que sea algo que se desconoce. Hay quienes se animan a improvisar en un escenario, como si fuera el curso natural de su vida. Pepe Jesús Sánchez Marín (74 años, Madrid) fue maestro y funcionario, y durante más de 40 años se dedicó a la infancia. A los 66 se animó a estudiar interpretación. Si bien siempre ha sido un amante espectador de teatro y la lectura, nunca se había planteado subirse a las tablas. Pero un día lo sacaron como público en una función. “Me sentí tan cómodo y me lo pasé tan bien, que pensé que sería divertido interpretar, por lo que me apunté a la escuela El Almadén, en la que actué haciendo improvisaciones durante 5 años”. No tuvo miedo ni vergüenza, porque su vida laboral le había exigido siempre exposición al público, aunque sí algo de nervios antes de salir a escena. Lo dejó hace un par de años, cuando dejó de motivarle y de divertirle como al principio, aunque recuerda que uno de los grandes aprendizajes que obtuvo en el teatro fue la convivencia con personas de edades y experiencias muy distintas. Hoy ha emprendido otro reto: escribir poesía.Las personas que empiezan algo nuevo llegada la madurez comparten una determinada actitud ante la vida, con una mente abierta al cambio, curiosidad y ganas de aprender, entendiendo que reinventarse es adaptarse, explorar nuevas posibilidades y disfrutar de cada etapa del camino. “Hay personas de 20 años que no sienten interés por probar cosas nuevas, y otras de 70 que siguen aprendiendo, viajando o iniciando proyectos”, afirma Sonia Díaz Rois, mentora y coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente. “Por eso, la edad, por sí sola, no determina cuándo es el momento adecuado para empezar. Dependerá de la persona, de sus circunstancias y, sobre todo, de cómo interprete lo que significa tener una determinada edad”. La experta añade que, con los años, también las personas suelen preocuparse menos por cumplir las expectativas de los demás y empiezan a escuchar las propias.Hay personas de 20 años que no sienten interés por probar cosas nuevas, y otras de 70 que siguen aprendiendo o iniciando proyectosSonia Díaz RoisMentora y coach especializada en gestión del enfado y comunicación consciente“Uno de los mayores beneficios emocionales de esta decisión es que la persona deja de sentirse una espectadora de su propia vida para volverse la protagonista de ella”, señala Díaz, porque cada nueva experiencia aporta vitalidad, ilusión y nos recuerda que seguimos siendo capaces de aprender, disfrutar y sorprendernos. “No solo cambiamos lo que hacemos; también cambia la forma en que nos vemos a nosotros mismos”.Por eso, cuando una persona sénior se atreve a dar el paso a hacer algo por primera vez, mejora su autoestima, ya que acumula experiencias que contradicen sus propias limitaciones: “Cada pequeño ‘sí puedo' se convierte en una prueba de que ciertas creencias no eran ciertas”, apostilla la coach. Además, el cerebro también lo agradece. “Cada experiencia aporta nueva información, que permite que las conexiones neuronales sigan modificándose”, dice Díaz Rois. Este órgano vital, además, se beneficia de las emociones que se sienten, de las nuevas relaciones sociales y de la diversión.Desterrar el miedo y los obstáculosLa decisión de hacer algo por primera vez después de la sesentena constituye una aventura desafiante, pero no está exenta de barreras psicológicas y sociales, que también pueden ser de alto impacto. En un artículo publicado por el CNIE, “el edadismo sigue presente en muchos entornos laborales y culturales, alimentando la idea de que la vejez es sinónimo de obsolescencia”, y esto ocurre porque la gente opina respecto a lo que se debe o no se debe hacer a ciertas edades.Otro obstáculo es el miedo al fracaso, a hacer el ridículo o pensar que no se es capaz, con frases como “ya es demasiado tarde”, “soy muy mayor” o “ya no tengo edad”. Y es que hacer algo por primera vez “no supone solo aprender una habilidad nueva; muchas veces, es romper con el bloqueo que nos produce la historia que nos contamos sobre nuestra edad”, opina Díaz Rois. Y distingue entre aceptar que, con el paso del tiempo, el cuerpo cambia y la energía no es la misma, con convertir la edad en un motivo para dejar de hacer cosas que sí nos gustaría hacer. “Cuando damos por hecho que ya no nos corresponde empezar algo nuevo, dejamos de darnos esa oportunidad”.Blanca Baucells buceó por primera vez en la sesentena. CedidaTodo cambio comienza por una pregunta: ¿qué nos mueve? Antes de emprender un nuevo proyecto, conviene identificar qué ilusiona, qué se desea aprender y hacia dónde se quiere evolucionar. Tan importante como el autoconocimiento es rodearse de personas que animen a dar el paso y conviertan el cambio en una experiencia compartida. Muchos esperan sentirse absolutamente seguros antes de empezar, pero esa confianza suele llegar después.“Hay que dejar de esperar a sentirse preparado al 100 %”, aconseja la coach Díaz Rois, quien propone avanzar poco a poco porque “a veces, lo más difícil no es hacerlo, sino empezar”. También recomienda dejar de compararse con los demás: “Es mejor compararse con uno mismo, y preguntarse si hoy estamos un poco más cerca de la persona que queremos ser”. Superar las barreras requiere determinación, pero también modelos en los que mirarse. “Si se tiene tiempo, energía y recursos suficientes, la pregunta no es qué nos gustaría hacer algún día, sino cuánto tiempo más queremos seguir esperando para empezar”, concluye Díaz Rois.