Iban a la aventura, con un contrato de dos años como trabajadoras domésticas. Y después, pasado ese tiempo, eran libres de regresar. Pero no pudieron volver de Australia durante décadas. Primero, porque el billete de vuelta les costaba lo que ganaban en años de trabajo. Segundo, porque la soledad era tan inmensa para ellas que muchas enseguida aceptaron, con mayor o menor convicción y fortuna, la propuesta de matrimonio de hombres que habían llegado unos años antes. En Sidney, en Melbourne, en Adelaida, en Brisbane, ellas acabaron asentándose, implicándose socialmente, formando familias y fundando sus propios lugares de encuentro para combatir la nostalgia y el desarraigo. Llegaron a inaugurarse enormes clubes españoles en varias ciudades, y hasta frontones de pelota vasca y gure txokos, y más tarde centros gallegos, y hubo fiestas con paella y sangría, y torneos de fútbol y hasta romerías del Rocío en plena Oceanía. Durante seis décadas, las españolas se han seguido citando los sábados en el Centennial Park de Sidney.

Todo empezó a principios de los 60 y podría inspirar una larga serie televisiva. Eran chicas reclutadas en pueblos de Euskadi, Navarra, Asturias, Cantabria, Galicia, y más tarde la Meseta, por instituciones católicas del franquismo en el bautizado como Plan Marta. Empezaron a llegar allá después que los muchachos cosechados también, mayormente, en el País Vasco y Cantabria a través de la Operación Canguro (1958-1963). Ellos iban para alimentar de mano de obra buena y barata las plantaciones, especialmente de caña. Ellas eran las “martas” o “marthas”, y estaban llamadas a convertirse en perfectas empleadas domésticas, como la figura bíblica o como la clase descrita por Margaret Atwood en El cuento de la criada. Los unos y las otras inocularon vida y trabajaron en la construcción de un país que estaba, en buena parte, todavía por hacer y en grave alarma poblacional.