Comparo la pequeña maleta con la que viajo ahora con el equipaje de la primera vez que salí al extranjero y entiendo hasta qué punto se ha vuelto corriente esto de ir a conocer mundo: mis padres, los pobres, prepararon aquella semana fuera de casa como algo épico y empacaron tantos bultos que podríamos haber pasado por coetáneos de Lady Blessington, una escritora amiga de Byron de quien se cuenta que recorrió la Europa de 1827 en un carruaje provisto de colchones, ropa de cama de plumón de cisne, aseo, tocador, batidores de huevo, moldes de suflé para el chef que la acompañaba y una pequeña biblioteca. Unos años después, cuando empezó el boom de las aerolíneas low-cost (los lunes, en clase, siempre había algún compañero que había pasado el fin de semana en Bérgamo), la gente aún solía facturar equipaje sin importar lo corto que fuese a ser su viaje. Pero volar con solo una maleta de mano al extranjero no tardó en popularizarse. Era una manera de burlar el sistema: bien apretadito, todo cabía en esos 40x30x20 centímetros que le permitían a uno viajar a Dusseldorf, una de las ciudades más anodinas de Alemania, sin que los 20 euros que de pronto reclamaban esas nuevas compañías por llevar la maleta en la bodega disparara los 3,99 euros del billete. Ahora que las aerolíneas han endurecido sus políticas y las van extendiendo al equipaje de mano, la batalla por no pagar un céntimo extra ha obligado a agudizar el ingenio (también lo ha hecho el ingenio de las aerolíneas: ahora el billete más barato no incluye ni maleta de cabina, solo una mochila). Basta con darse una vuelta por TikTok o Instagram: vídeos de viajeros arrancando las ruedas de las maletas frente a la puerta de embarque para que quepan en el medidor, tutoriales para camuflar kilos de ropa en almohadas de viaje rellenas, etcétera. Sin embargo, viajar ligero ya no es solo una guerrilla de tacaños por arañar unos euros a las vacaciones. Ahora ir con lo imprescindible también pasa por ser algo elegante.Un influencer de aviones al que conocí en Turquía, pero con el que no llegué a quedar hasta que volvimos a coincidir en Kuala Lumpur (algo que da un poco de pena de viajar mucho es que estos encuentros inesperados dejan de parecer un milagro, ahora estamos todos por todas partes aunque no nos dediquemos a opinar en Youtube sobre el espacio entre los asientos de Emirates) me dice por el chat de Instagram que esta novedad debe de estar relacionada con el tirón del frugal chic; o sea, con ese “compra bien y llora solo una vez” que ha ido poniéndose cada vez más de moda: si lo elegante es restringir el armario a unos pocos básicos impecables, entonces a uno no debería suponerle demasiado esfuerzo volcarlo en un pequeño trolley. Le pregunto también a la más pija de mis amigas y me dice que, sencillamente, prefiere no facturar para así poder salir lo antes posible del aeropuerto. Ademas, quiere asegurarse de que no tendrá que poner una reclamación si le pierden la maleta, y, desde luego, de que no se quedará sin sus cosas. Otro amigo mío nada pijo pero al que le encanta examinar a quienes sí lo son como a loros en un aviario, considera que la imagen de un Jeremy Strong arrastrando sosegadamente hasta el taxi su Rimowa de cabina ha jubilado a la de la diva de Hollywood seguida de un mozo cargado de maletas de los tamaños más inverosímiles: si ese señor necesita un jersey más, ya se comprará otro de Loro Piana al llegar a su destino; y bueno, quizá es que incluso tenga allí una de sus residencias. Entre los trotamundos de siempre, esa renuncia a las comodidades extravagantes y las toneladas de equipaje con las que los viajeros del siglo XVIII emprendían el Grand Tour se dio mucho más temprano. Un responsable fue Patrick Leigh Fermor, famoso por haber caminado desde Holanda a Turquía en los años treinta, con solo 18 años, cargando con unas pocas mudas, un tomo de Horacio y sus cuadernos. El estupendo libro en el que narró esa aventura se titula El tiempo de los regalos y viene a defender que quien viaja sin apenas nada acaba descubriendo la hospitalidad del mundo. Uno de sus seguidores fue Bruce Chatwin. En su libro En la Patagonia él también se presenta como un viajero austero, pero en realidad era un dandy. Nicholas Shakespeare, su biógrafo, desveló que viajaba con más de cuarenta kilos de libros, una máquina de escribir, botellas de champán, trajes, y su muesli preferido para el desayuno, y que su famosa mochila de cuero se la mandó hacer a un guarnicionero inglés a semejanza de la del actor Jean-Louis Barrault. Yo empecé a viajar (excesivamente, digo) después de una ruptura y siempre estoy dando la lata con que parte de la gracia que tiene esto de ir por ahí en modo bola de pinball es que es una buena manera de entrenar el desapego. Viene a ser un curso de posgrado en budismo: las vistas del hotel, el ligue que te lleva a tomar algo al bar de Adolf Loos en Viena… todo queda atrás, nada puede hacerte demasiado daño, y con esta filosofía viajar ligero sale solo. Estas son, a modo de lista, algunas cosas que puedo decir del tema:1. Hay un espacio que el turismo de masas aún no ha conquistado: la sección de droguería del supermercado. Salvo que vaya a llegar a su destino ya de noche, dedique la primera hora de su viaje a visitar el supermercado más próximo a su hotel y aventúrese en el pasillo de higiene personal a la busca de nuevas y excitantes marcas de desodorante, maquinillas y espuma de afeitar, y esos fundamentales de botiquín sin receta (paracetamol de sabores raros, tiritas de dibujos o protectores de estómago) que fuera de España suelen poderse comprar sin visitar una farmacia. No solamente se trata de ahorrar espacio en el equipaje. También se podría argumentar que, puesto que son los olores lo que más permanece en la memoria, no hay mejor forma de fijar un recuerdo que asociar un aroma nuevo a ese paisaje desconocido. Praga para mí tiene, por ejemplo, el aroma rojo del desodorante Old Spice, que usé allí por primera vez (lo compro cada vez que vuelvo, pero en ninguna otra parte) a pesar de ser una marca de origen americano, y no concibo Bangkok sin el chute de esos inhaladores de hierbas Hong Thai que venden en 7-eleven. 2. En general, si algo se puede conseguir por menos de veinte euros y apenas media hora, no se mete en la maleta. Cargar con el “por si acaso” no es más que una falta de fe. 3. Mi equipaje para un viaje largo a China: dos camisas, tres camisetas, un par de pantalones, cinco calzoncillos, cuatro pares de calcetines, dos bolsas de plástico, y un chubasquero negro muy fino que también uso de chaqueta. En la mochila: el pasaporte, el portátil, cables, dos libros, y un neceser de tela con mi cepillo de dientes y apósitos para ampollas (difíciles de conseguir allí). Volé con otra camiseta corta, mi jersey preferido, gafas de sol (las uso de antifaz en los vuelos nocturnos) y unos pantalones de algodón negros muy cómodos a los que, puesto que son los que llevo siempre al embarcar, atribuyo la magia de hacer que el avión no se estrelle. 4. Las lavanderías de autoservicio son una buena oficina para contestar mensajes, ponerse al día leyendo el periódico o mirar Instagram o X mientras te tomas un café y un bollo arrullado por el centrifugado. En nuestros barrios no solemos reparar en ellas, pero cuando se las necesita, siempre hay una cerca del hotel. 5. Lo peor de viajar con el equipaje justo es no tener espacio para souvenirs. Claro que se podría contratar un servicio de mensajería para enviarse las compras a casa, pero yo llegué a la solución de sustituir los recuerdos típicos por ropa que me pueda poner en el propio viaje. Me gustan sobre todo las gorras. De islas griegas, de parques nacionales, de museos… Llevar gorras de lugares es como ir por ahí desplegando el pabellón de un país en el que has sido feliz (la que más uso este año es una del Museo Tamayo de CDMX). 6. Aeropuerto de Phuket, 2024. A la azafata de Spring Airlines le resbalan mis súplicas y reitera que mi maleta de cabina se quedará sí o sí en tierra: es un par de centímetros más ancha de lo que exige la compañía y ya no hay posibilidad de facturarla, porque en la puerta de embarque no admiten pagos con tarjeta y, pasado el control, no hay cajeros donde sacar efectivo. Al final me salva la vida una bolsa de nailon de colores de esas que los tailandeses usan para hacer la compra que me había comprado de recuerdo en Bangkok. Volqué en ella toda mi ropa y dejé la maleta abandonada en la puerta de embarque. Desde entonces, la llevo a todas partes. Es útil y resistente; y, por muy llena que esté una maleta, siempre hay espacio para una buena bolsa de plástico. 7. Aún así, me siento preparado para perder mis cosas. Manuel Astur cuenta en su libro La aurora cuando surge que, de vez en cuando, la policía siciliana encuentra ropa y calzado abandonados en lo alto del Etna. Se supone que pertenecen a imitadores de Empédocles (según la leyenda, se suicidó tirándose a la boca del volcán para renacer como divinidad) pero al parecer la mayoría de esos excursionistas lo único que pretenden es escenificar que dejan atrás una etapa de sus vidas. Desde que lo leí, me parece una buena manera de terminar un viaje, al menos si, como escribió Kavafis, ha sido uno largo y lleno de aventuras y experiencias. 8. Leo novelas, y espero seguir haciéndolo siempre, pero de viaje prefiero los diarios y memorias. Explicaré por qué. Muchas veces que le he recomendado a alguien viajar solo aunque sea una vez en la vida, me ha salido con que le da pavor empezar a escuchar esa vocecilla interior que cobra un eco tremendo cuando no hay nadie alrededor y descubrir que no la soporta (que no se soporta). Esa vocecita puede ser molesta para muchos, desde luego, pero cualquiera que haya viajado solo durante mucho tiempo sabe que llega un punto en el que el cerebro empieza a proyectar otras voces: la de un amigo, la de un crush o la de tu madre comentando contigo las visitas o respondiendo en tu cabeza a cualquier chorrada con la que te cruzas por la calle con sus bromas de siempre. Sea como sea, si llegado a ese extremo de ventriloquia a uno le apetece un poco de compañía y no la encuentra, un libro es lo más parecido a un ser humano, y más si es uno en que el autor cuenta su vida. Por recomendar dos escritos por viajeras y que no pesen mucho: Los buscadores de loto, de Charmian Clift; y Ven y dime cómo vives, de Agatha Christie. 9. El pijama me parece lo más prescindible de un equipaje. Seguro que en las fondas antiguas se pasaba bastante frío, pero ahora que los nórdicos dominan las camas del mundo (da rabia llegar a un hotel turco y que esté ahí esperándote el ubicuo edredón nórdico, dónde quedan en este siglo las sábanas), lo normal es asarse. 10. Vestir por capas para prescindir de abrigos gruesos y elegir una gama de colores donde cualquier prenda combine con las demás son dos consejos que se suelen dar siempre y que me parece muy sensato seguir. 11. Hay otro consejo también muy extendido pero con el que no estoy de acuerdo: “llévese la ropa más gastada y peor que tenga, que total quién le conoce a usted en Buenos Aires”. Ah, qué bonito. O sea que los porteños tienen tanta culpa de no conocerle a usted que se merecen verle por la Avenida Santa Fe con una camiseta con agujeros en las costuras del hombro y amarilleando en las axilas. 12. En general: no avergüence a sus ancestros. Tiene la suerte de poder conocer más lugares que todos ellos.