En las dependencias de la Royal Geographical Society, en Londres, custodian un sombrerito de piel que parece una boñiga de vaca aplastada: perteneció a la viajera victoriana Mary Henrietta Kingsley. Con ese bonete en la cabeza se adentró en el trópico africano, ataviada con un vestido negro hasta los tobillos, blusa de cuello alto y enaguas, aunque de vez en cuando, confesó, se colocaba un pantalón de su hermano debajo de las sayas. Una dama adelantada a su tiempo, que se atrevió a comer serpiente y le arreó un palazo en el hocico a un cocodrilo que pretendía subirse a su canoa; luego siguió remando, muy tiesa.En 1892, con 30 años recién cumplidos, se había convertido en lo que los ingleses llamaban con displicencia una spinster ; es decir, una solterona. Pero la muerte de sus progenitores, con apenas un año de diferencia –de ahí el luto–, y la ausencia de su hermano, que se había largado de viaje por el Lejano Oriente, la dejaron dueña de sus pasos por primera vez en la vida y con una renta poco desdeñable de quinientas libras anuales. Pudo, pues, lanzarse a la quimera de viajar a África y retomar el libro sobre fetiches y ritos sacrificiales que su padre había dejado inconcluso. Míster George Kingsley había acompañado a numerosas familias adineradas, como médico de cabecera, en sus viajes por tierras exóticas, y había nutrido la biblioteca familiar con la prosa de grandes exploradores de la época, como David Livingstone y Richard Francis Burton. Aquellos libros fueron el manantial de una Mary adolescente y sin estudios.Remontó en canoa el río Ogooué (mil kilómetros) en el actual Gabón, se enfrentó a bestias y convivió con la tribu caníbal fangAnunció por carta su llegada a quienes mejor conocían el corazón de África: agentes comerciales, funcionarios del imperio británico y misioneros, con cuya labor acabaría mostrándose muy crítica. Recibió, además, el espaldarazo del Museo Británico, con el encargo de que trajera escarabajos y peces de ríos africanos en el viaje de regreso. Cumplió.Era perspicaz y sabía escuchar. Consiguió quinina. Se embarcó con ricas telas inglesas para permutarlas por marfil y caucho, mercancías que allanaban el terreno mucho mejor que las esterlinas. Resulta innegable el coraje de lady Kingsley en un tiempo en que las mujeres no solían aventurarse más allá de Madeira y las islas Canarias; sin embargo, pese a su empuje pionero, se manifestó en completo desacuerdo con las reivindicaciones de las sufragistas.En la segunda de sus expediciones (1894-95), la más jugosa, logró remontar el río Ogooué, en lo que fue el antiguo Congo francés (actual Gabón), con sus meandros burbujeantes; ascendió el monte Cameroon —más de 4.000 metros— por una ruta nunca acometida antes por un europeo; y convivió con la tribu de los fang, a la que se atribuían prácticas antropofágicas. En el más celebrado de sus libros, Viajes por el África occidental (Valdemar), despacha el asunto con esa ironía que las clases altas británicas manejan con tanta soltura: “El canibalismo de los fang, pese a ser un hábito frecuente, no me parece que represente un peligro para los blancos. La única molestia consiste en tratar de impedir que alguno de tus acompañantes negros sea comido”.En una ocasión, acomodada en una cabaña, Kingsley percibe un hedor dulzón y desagradable. Investiga. Halla una bolsa y vuelca el contenido en su gorra, la misma del comienzo, por temor a que se extravíe algo de valor: “Había una mano humana, tres dedos gordos del pie, cuatro ojos, dos orejas y otros pedazos de cuerpo humano”, escribe. Al parecer, a los fang les gustaba conservar algún souvenir de los banquetes.Lee tambiénEsta viajera indómita no pasó a la posteridad por el calado de los descubrimientos científicos, pero sí por otros méritos, como el timbre de su escritura: “En medio de la oscuridad revoloteaban miles de luciérnagas, y más allá de aquel pozo de noche absoluta corría la incesante espuma blanca de los rápidos”. También por un sentido del humor muy autocrítico y la mirada perceptiva, menos eurocéntrica de lo habitual, con que observó el continente africano en el momento de máximo apogeo del colonialismo británico. Se presentó ante los nativos como mujer en enaguas, no como un predador con machete.Murió de fiebres tifoideas en Simon’s Town (actual Suráfrica): se había alistado como enfermera voluntaria para asistir a los prisioneros en la segunda guerra de los bóers, entre británicos y afrikáners por el control de las minas de diamantes. Quiso que su ataúd se arrojara al mar.
Con enaguas y de luto en el trópico africano
Mary Kingsley se adentró en un continente casi ignoto a finales del XIX, cuando las damas no se aventuraban más allá de Canarias







