0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEs la tercera semana que tengo que hablar de Ceuta y me gustaría no tener que volver a hacerlo en mucho tiempo. No porque no tenga qué decir de Ceuta, ciudad a la que he ido en varias ocasiones, sino porque sería síntoma de que la gravísima crisis que está viviendo esta ciudad se habría superado. Pero no. No es que no se haya hecho nada. Se ha hecho lo que se ha podido cuando las cosas se hacen tarde y mal y las circunstancias que había al principio se vuelven ya ingobernables.La crisis inicial se ha convertido en una emergencia de dimensiones inabarcables, cuya solución, aunque sea parcial, se está volviendo imposible por promesas absurdas para quedar bien. Ejemplo, que todos los inmigrantes que habían llegado a Ceuta, aunque fuera a nado, iban a ser devueltos a Marruecos. Ya entonces, las autoridades, el Gobierno, sabían que eso no iba a poder ser. Además, desde el Ejecutivo se calculó mal la dimensión de lo que estaba ocurriendo y se pensó que en Ceuta quedarían unas dos mil personas. Las demás habían retornado. Pues no. El gobierno ceutí hablaba de 8.000 o 10.000, lo que en la Moncloa se creía una exageración para atacar a Pedro Sánchez. Otro error, pensar que cualquiera que no sea de los tuyos sólo quiere atacarte a ti. Cuántos son, en realidad nadie lo sabe, síntoma de que el problema no está ni medio resuelto, pero sean 8.000 o 10.000, si no más, el problema es de unas proporciones que convendría tener en cuenta.Son demasiados los detalles que nos hablan de que se ha roto la convivencia en CeutaPara qué, para no dilatar su solución. El Gobierno solicita ahora la ayuda europea de Frontex que se le ofreció desde el principio. También ha pedido la ayuda de Europol, para el triaje de los migrantes, un reconocimiento de lo que no quiso aceptar cuando el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, se quejaba de que sólo se hacía la filiación de 25 personas al día.Pero el verdadero problema en estos momentos son las afectaciones a la convivencia en la ciudad. Ceuta, que ha hecho gala, como ocurrió al inicio de la crisis, de ser una ciudad abierta y tolerante, donde conviven sin problema cristianos y musulmanes, es ahora otra cosa. Son demasiados los detalles que nos hablan de que se ha roto esa convivencia. Cristianos que se han enfrentando a sus vecinos musulmanes creyendo que formaban parte de los inmigrantes que habían entrado el 30 de julio. Musulmanes que ya no se atreven a acudir a las manifestaciones a las que acudían como ceutíes, por miedo a ser señalados. Ceutíes que destruyen los campamentos donde se refugian los inmigrantes en la playa, que bloquean el reparto de comida por la Cruz Roja, e inmigrantes que atacan a las Fuerzas de Seguridad. Infiltrados ultras que tratan de que todo sea peor de lo que es. La vida de los ceutíes desde hace un mes se ha visto afectada: gente que se ha ido a la Península, sin tenerlo previsto, niñas a las que no dejan salir a la calle por miedo a las violaciones, racionamientos en las panaderías. Para qué seguir enumerando si ya lo han podido leer en las crónicas de Joaquín Vera en este diario.El ministro de Interior, en el CongresoDani DuchTodo eso se mezcla con la falta de reacción política. Si la semana pasada instábamos al Gobierno a dar explicaciones que tranquilizaran a los ciudadanos, después de las comparecencias y las discrepancias entre los ministros de Defensa y de Interior, los ciudadanos tenemos la sensación de que hay más empeño en solucionar lo suyo que el problema de Ceuta.Y en la ciudad autónoma, el presidente Vivas, que desde el principio mantuvo una posición institucional valorada por todos, se deja querer ahora por los cantos de sirena de algunos ceutíes, que le jalean para meterse con Sánchez. A los dos decirles que lo que necesitan los españoles y los ceutíes son soluciones que sólo llegarán si los dos se sientan sin reticencias, como hicieron en ocasiones anteriores, y buscan soluciones. Presidente, aproveche su comparecencia.Licenciada en Ciencias de la Información, rama de Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, y licenciada en Derecho y en Ciencias Políticas y de la Administración por la UOC. Formó parte de la redacción de 'La Vanguardia' entre 1992 y 2024, siempre en la sección de Política, donde se encargó del Parlamento y del PP, además de las informaciones de los Ministerios de Defensa y de Exteriores. Antes de incorporarse a 'La Vanguardia' trabajó durante siete años en la Agencia Europa Press, así como en 'Diario16' y el periódico 'El Sol', al que perteneció hasta su desaparición en 1992. Cuenta con varios premios de Periodismo como el Luis Carandell (2014), que otorga el Senado; el Josefina Carabias que concede el Congreso (2022) y el Premio del Ministerio De defensa de Periodismo Escrito (2016) por su reportaje, publicado en 'La Vanguardia' “La salvación se llama Canarias”
Una crisis migratoria que ya lo es de convivencia, por Carmen del Riego
Es la tercera semana que tengo que hablar de Ceuta y me gustaría no tener que volver a hacerlo en mucho tiempo. No porque no tenga qué decir de Ceuta, ciudad a la que he ido en varias ocasiones, sino porque sería síntoma de que la gravísima crisis que está viviendo esta ciudad...











