Los ministros que saben lo que ocurrió en Marruecos —Nasser Bourita, titular de Asuntos Exteriores, y Abdelouafi Laftit, de Interior— guardan silencio. También lo hacen la Casa Real y su retahíla de consejeros reales. Los políticos, en cambio, se afanan en explicar en mítines y entrevistas qué llevó a "40.000 inmigrantes" a entrar en Ceuta a finales de julio y salpican sus intervenciones de proclamas nacionalistas. Marruecos celebrará elecciones legislativas el 23 de septiembre.

Cuarenta mil es la cifra rebajada que maneja la prensa de Marruecos, donde todos los que escriben o toman la palabra tienden a aminorar la avalancha migratoria que padeció Ceuta y el número de muertos —solo 14— en aguas de la provincia adyacente de Tetuán. El ministro Ángel Víctor Torres reconoció, en cambio, que eran unos 80.000 los que franquearon la frontera del Tarajal. El Centro Nacional de Inteligencia (CNI) calcula que fueron hasta 100.000 en la última semana de julio. Los fallecidos a ambos lados son al menos 141, sin contar los cuerpos que el mar se tragó.

Algo olvidada durante años, la reivindicación de Ceuta y Melilla ha brotado de nuevo con fuerza en la prensa y en las declaraciones, empezando por las del ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi. Esta exaltación nacionalista sirve sobre todo, de puertas para dentro, para distraer la atención de la hecatombe ceutí que ha dañado la imagen de Marruecos, incapaz de controlar sus fronteras y con una población deseosa de huir a la menor oportunidad.