Aunque a menudo las usamos como sinónimos, la mermelada y la confitura no son lo mismo: mientras la primera se elabora con la fruta troceada o triturada y una menor proporción de azúcar, la confitura parte del puré o la pulpa de la fruta con una concentración de azúcares superior. Esta distinción cobra especial relevancia al trabajar con los higos, una joya de final de verano repleta de fibra, potasio, calcio y antioxidantes cuya piel y pulpa ofrecen infinitas posibilidades en la cocina. Para que no desaproveches ni un solo nutriente de su breve temporada, te traemos dos recetas imprescindibles que conservarán intacta toda la riqueza de esta fruta durante meses.

Según los datos recopilados por la Fundación Española de la Nutrición (FEN), tras el agua, el componente principal del higo fresco son los hidratos de carbono (16 gramos por cada 100 gramos de porción comestible), situándolo junto a la uva o el plátano entre las frutas con mayor concentración natural de azúcares (glucosa, fructosa y sacarosa). Sobresale por su notable aporte de fibra digestiva (2,5 g) y su bajo contenido graso y proteico, aunque esta modesta fracción de proteína contiene todos los aminoácidos esenciales.

En el apartado micronutricional, el higo destaca especialmente por su contenido en potasio, mineral clave para el equilibrio hidroelectrolítico y el músculo, y vitamina B6, además de pequeños aportes de magnesio, calcio y tiamina. Todo ello se traduce en unas moderadas 85 kcal por cada 100 gramos de fruto fresco, un perfil energético que se cuadruplica al desecarse debido a la pérdida de agua (que pasa del 80% al 15%), transformándose en un concentrado nutricional de alta densidad.