Hay una fruta que se vuelve imprescindible en el frutero a partir de julio: el mango, con su color naranja intenso y una pulpa que se deshace sola. Además de ingerirlo tal cual o en zumo, se puede transformar en un postre y ahí es donde se produce una combinación que lo convierte en un dulce que se puede cocinar sin encender el horno ni azúcar añadido.

En pleno verano no parece ideal pasar tiempo delante de un horno a 180 °C. La Organización Mundial de la Salud (OMS) también lleva años recomendando que limitemos el consumo de ese tipo de azúcares y poco a poco esta cuestión ha ido calando entre los consumidores. La realidad es que la fruta madura ya trae el dulzor que necesitamos y no hace falta añadir nada más.

El mango, cuando está en su momento óptimo es, prácticamente, un caramelo natural. Combinarlo con el yogur es tanto una cuestión de sabor como nutricional: el yogur aporta proteína, calcio y esos probióticos que tanto le gustan a nuestra microbiota, mientras que el mango suma fibra, vitamina C y esos betacarotenos responsables de su color. Un postre que sacia el antojo y, de paso, no sienta mal a nadie.

Además, no es un capricho pasajero. Los postres de fruta con yogur, sin cocción y sin azúcares añadidos, llevan años ganando terreno en la cocina de verano justamente porque resuelven varios problemas a la vez: no requieren tiempo, no requieren técnica, no elevan la temperatura de la casa y, encima, aprovechan la fruta que justamente está en su mejor momento. En España, la temporada de mango se concentra sobre todo entre finales de verano y principios de otoño, con producción destacada en zonas de costa mediterránea, lo que también explica por qué esta receta gana popularidad justo ahora, cuando la fruta llega más madura, más barata y con mejor sabor.