Con fruta entera, con zumo, con hierbas y hasta con sangría, para preparar la bebida más refrescante del verano no necesitas más cacharrería que un recipiente y el congelador

Muchos viejos del lugar, entre los que me incluyo, crecimos con cierta adicción al clasiquísimo granizado de limón, que se vendía en otros tiempos en puestecillos callejeros junto con el granizado de café e incluso esa reliquia, al menos en mi ciudad Madrid, que es el agua de cebada. Los granizados giraban y giraban dentro de las granizadoras, esos maquinuchos transparentes y refrigerados en los que se mantenía en movimiento el granizado para que no se hiciese un bloque. Magníficos refrescos que usábamos para capear el verano, en tiempos en que el aire acondicionado no estaba tan extendido y las noches aún nos daban algún respiro.

Como contaba nuestro compañero Jaime Rubio Hancock en esta oda al granizado de limón, el granizado no es un invento italiano, aunque allí se perfeccionara. Hace 4000 años ya enfriaban bebidas en Mesopotamia con hielo que se bajaba de las montañas y se guardaba en pozos. Tanto romanos como griegos también le echaban nieve al vino.

En Italia, el granizado es diferente al español: la granita siciliana es un postre que se come con cuchara, quizá a medio camino entre el sorbete y la bebida a la que estamos acostumbrados en España. La diferencia entre servir una receta en forma de granita o de granizado puede ser nada más que el grado de congelado: si haces una granita y la dejas que se derrita ligeramente, mezclándola bien, obtendrás el granizado correspondiente; las fronteras son difusas.