Natalia Gómez del Pozuelo (Madrid, 1967) quería averiguar qué es lo mínimo imprescindible que se necesita para vivir. Hace unos años ya dio los primeros pasos para descubrirlo cuando dejó apartada su carrera como directiva en España y Colombia para dedicarse de lleno a la narrativa y centrarse “en vivir y contarlo, en cuidar la tierra, en amar la soledad y a quienes la rodean”.Desde entonces ha escrito varios ensayos de divulgación empresarial y cuatro novelas. La última de ellas es La mirada del corzo (Ed. La Oveja Roja), un diario novelado de su periplo como caminante en solitario por la España vaciada. Un viaje de puertas abiertas al lector y espectador donde la protagonista avanza sin mirar atrás, gracias a la seguridad de una madurez con la que reflexiona sobre la soledad, los límites, la libertad, las expectativas y el amor.¿Cuál fue la motivación para lanzarse a los 55 años a hacer en solitario un recorrido a pie por la España vaciada?Creo que muchas personas han sentido el deseo de salir a caminar y no darse la vuelta para regresar; lo tenemos grabado en los genes. A mí me produce mucho fastidio cuando paseo por la playa y llega el momento de volver sobre los propios pasos; ese gesto convierte la marcha en ficticia. Por eso había soñado con un día seguir andando a donde me llevara la vida. Quería meter lo imprescindible en una mochila y caminar en dirección a Francia sin darme la vuelta, durmiendo donde cayera la noche. Y eso hice a los 55 años, cuando logré hacer un hueco en la agenda de responsabilidades y cuidados.¿Por qué la España vaciada y no otro destino?Quería salir desde casa (en el norte de la Comunidad de Madrid) rumbo a Francia y la zona más verde en esa dirección era la Sierra de Guadalajara, que luego continuaba a través de Soria y de Burgos. Y hacia allá me fui, aunque no llevaba un destino ni un tiempo fijos, ni paradas estipuladas. Dormiría en medio del monte cuando se hiciera de noche. Quería experimentar qué ocurría cuando desaparecían las rutinas, los objetivos y las referencias habituales del tiempo y del espacio, y esa zona de España menos poblada resultó ser un destino muy fértil y revelador.¿Cómo reaccionó su entorno cuando comentó que quería hacer este viaje sola?Tengo la impresión de que todos deseaban hacer algo parecido, porque los preparativos generaron un interés enorme, tanto en mi entorno cercano como en las personas suscritas a mi newsletter (unos pocos miles) a las que se lo iba narrando. Se proyectaban en mi viaje y me devolvían todos sus miedos.¿Qué fue encontrando en esos pueblos, senderos y paisajes?Todo lo contrario de aquello contra lo que me habían prevenido, al menos en los encuentros humanos. Caminando por la España menos poblada, encontré ayuda por todas partes; yo creo que por ir sola y necesitarla. Y eso resultó ser muy importante porque los encuentros son lo que realmente le da el carácter de aventura a cualquier viaje. Un hombre, por ejemplo, me abrió el ayuntamiento en un pueblo de 50 personas para que pudiera dormir allí. Y a la mañana siguiente, me dio de desayunar y me preparó el bocata como a sus hijos. El bar solo abría el fin de semana y era miércoles. Otros me llevaron en autostop, me prestaron un hornillo y me regalaron carne y verduras porque no había dónde comer. Creo que las relaciones entre las personas y la ayuda mutua forman una parte crucial del latido de la España vaciada. Conocí a un ciclista francés que terminó convirtiéndose en uno de los protagonistas de la novela, a un motero escocés que me enseñó sus lugares preferidos y también tuve encuentros, algunos bastante peliagudos, con corzos, jabalíes, mastines o serpientes.En un pueblo de 50 personas, un hombre me abrió el ayuntamiento para que pudiera dormir allí y a la mañana siguiente me preparó el bocata como a sus hijosNatalia Gómez del Pozuelo55 años¿Cuánto duró el viaje y cuántos kilómetros a pie recorrió?No emprendí el viaje como una hazaña, ni como un reto deportivo. Caminaba más bien despacio, para mirar, para dejarme transformar. De esa forma lenta recorrí en torno a 450 kilómetros en algo más de tres semanas; de ellos, 350 fueron a pie y los otros 100 los hice por necesidad en diferentes vehículos (autostop, moto, tren, bus y barco). Es increíble la cantidad de aventuras que surgen cuando vas sola. No me interesaba conquistar kilómetros, sino aprender a mirar y dejarme transformar por el camino. No tenía otro propósito que estar allí y narrarlo.¿Cuáles fueron las enseñanzas que le aportó el viaje?Creo que el mayor aprendizaje del camino fue el que menciono en el siguiente fragmento de La mirada del corzo: “Me dolía todo el cuerpo, me quedaba solo un trozo de bocadillo, no tenía casi agua, ni cobertura, ni batería. Apagué el teléfono. En un estado medio catatónico, sentada sobre la roca imaginando el pasado de mi especie, vibré junto a la corza con el entorno, al ritmo del universo, como si de verdad no existiera el tiempo y el único latido fuera el de ese instante. Tuve la sensación de que la vulnerabilidad extrema se tocaba con la libertad extrema. Nunca me había sentido tan libre. Probablemente descubrir esa sensación era lo que había buscado con el viaje”.Gómez del Pozuelo recorrió la España vaciada a los 55 años. CedidaEse viaje físico es como un viaje interior: ¿qué le aportó la madurez de la edad para vivirlo con plenitud?En un curso de plantas silvestres comestibles al que fui poco antes del viaje, le pregunté al formador que quiénes resistían mejor en los cursos de supervivencia que impartía. Su respuesta me chocó: “Cuanto mayor es la persona, mejor lo lleva y más aguanta”. Parece contraintuitivo, pero, en realidad, en el camino, la parte física no tiene por qué ser la que marca la diferencia; la madurez aporta una mayor resistencia mental, aunque supongo que también tiene que ver con cómo has vivido. Y creo que el haber desarrollado en los últimos años el placer de la soledad (o más bien de la propia compañía) fue también determinante para el viaje. Me di cuenta de que me lo paso muy bien conmigo y que tiendo a llevarme a lugares hermosos y a encuentros fascinantes.En su etapa profesional anterior fue una ejecutiva con responsabilidad internacional, ¿hace falta despojarse de lo externo para encontrarse a sí mismo?Creo que lo verdaderamente necesario es escucharse: los malestares que produce un trabajo que ha perdido el sentido se sienten en el cuerpo, también el interés, la necesidad de sentir pasión, aquello por lo que te sientes atraída… Si te escuchas de verdad y haces caso a tu organismo, tomas acciones que te llevan a un lugar de mayor plenitud, aunque da mucho vértigo y no siempre resulta fácil. En mi caso sí me llevó a despojarme de lo externo, pero cada cual tiene su propio camino.Lee tambiénComenta que cuando caminas muchos días, vives en un presente total y dejas a un lado expectativas y juicios. ¿Es algo que también llega con la edad madura?Da igual la edad que tengas; cuando caminas varios días seguidos, especialmente en soledad y si el móvil lo utilizas solo como GPS, se incrementa de forma drástica la percepción y eso te hace habitar el presente de forma plena.El viaje ha dado lugar a una novela. ¿Qué representa en ese periplo y vitalmente esa mirada?Cuando me encontré con el corzo al principio del viaje, se me quedó mirando fijamente, de forma abierta y sin ningún juicio o expectativa. Sus ojos parecían decirme curiosos: “¿Y tú qué haces por aquí?”. En cambio, cuando conocí al ciclista francés y se aproximó con intención de conquista, sus ojos y los míos estaban cargados de expectativas, de ideas preconcebidas sobre el amor romántico, de comportamientos automáticos. El contraste entre esas miradas es lo que me llevó a escribir la novela: quería incorporar la mirada del corzo a mi forma de habitar el mundo y de amar.Si te escuchas de verdad y haces caso a tu organismo, tomas acciones que te llevan a un lugar de mayor plenitud, aunque da mucho vértigoNatalia Gómez de Pozuelo55 añosGómez del Pozuelo, durante uno de sus trayectos. CedidaEn la segunda parte de la obra, el protagonista es el amor, y se cuestionan los automatismos del amor romántico. ¿Cómo es este tipo de vínculo afectivo en la madurez?El amor en la madurez sigue siendo amor: mueve, ilusiona, descoloca y también activa inseguridades que apenas aparecen representadas en la literatura. No hay una forma de amar en la madurez; cada cual tiene la suya, pero es muy interesante que haya libros que, como este, lo narren, porque tenemos pocos referentes. Aunque ahora está habiendo un pequeño repunte. Es importante porque se pueden mostrar las dificultades, como la propia inseguridad con respecto al cuerpo ya mayor o cómo se activa o no el deseo. Estamos en una época de vidas muy longevas que va a ir a más y, en muchos casos, habrá diferentes relaciones a lo largo de los años. Por eso es un tema necesario.Expone que a los 50 años quedan casi 40 años de vida por delante y que la existencia puede ser intensa y satisfactoria a cualquier edad. ¿Minusvalora la sociedad la fuerza vital de los séniors?En el viaje no solo me acerqué a la vida secreta de los árboles, también descubrí la vida secreta de los viejos; digo esta palabra con todo mi amor, pues aunque se considere maldita, yo creo que hay que apropiarse de ella como hemos hecho con otras. Encontré a personas de más de 65 años que salían al mundo a explorar, a mover el esqueleto y a relacionarse con el entorno. Me dio mucho optimismo de cara al futuro. La principal conclusión de mi anterior novela, Últimas conversaciones con la tía Flor, fue que hasta el último día de la vida cuenta. Con el tiempo, las facultades se transforman, pero la capacidad de sentir sigue ahí y es bonito pensarlo así porque da muchas ganas de no dejarse atrapar por el sofá. Hay todo un mundo esperando a la vuelta de la esquina. Solo hace falta salir de casa con la mirada del corzo.Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es periodista especializada en salud. Forma parte de ANIS (Asociación Nacional de Informadores de la Salud)