Mucha gente se preguntaba en qué andaría metida la debutante prodigiosa de la pandemia, pero, lejos de regodearse en su milagro editorial, Andrea Abreu lo ha vivido prácticamente recluida y levantándose algo ansiosa. “Durante los últimos seis años de mi vida he estado recopilando palabras y expresiones orales como una desquiciada. Lo hacía todos los días. Ni disfrutaba de las conversaciones porque estaba pendiente de qué conceptos se usaban y de dónde venían”, explica la tinerfeña de 31 años en las oficinas de Anagrama, su nuevo cuartel desde que la fichó la editora Ana Rodado. El encuentro se produce un par de meses antes del 2 de septiembre, día en el que Pajaritos preñados verá la luz en España y Argentina. A inicios de verano, la expectación es tan palpable como lógica. Fue en 2020 cuando una periodista de 26 años de Icod de los Vinos, hija de una limpiadora y un obrero, maravilló a crítica y público con Panza de burro. Aquel debut eléctrico salido de un taller de escritura de Sabina Urraca, escrito durante las horas que no doblaba bragas de encaje en una tienda, fue el que más se recomendó en tribunas y grupos de WhatsApp durante aquel verano extraño en el que España leyó y leyó para quitarse la mala resaca del encierro. Abreu ya había publicado el poemario Mujer sin párpados (Versátiles, 2017), el fanzine Primavera que sangra (2017) y ganado el accésit del premio Ana María Matute de relatos (2019), pero todo cambiaría con aquella novela narrada en la jerga kinki canaria de dos muchachas sobreviviendo a la adolescencia en 2005. Sin cursivas prepotentes ni diccionario alguno, en aquel torrente léxico muchos aprendimos, entre otras joyas, que juroniar es meter el hocico en asuntos ajenos y que una alpispa es una niña enteradita. Salió en abril de 2020, la publicó Barret y el resto es historia: 96.000 ejemplares vendidos solo en la edición española, 18 traducciones por el mundo y los derechos para su adaptación vendidos al cine. Casi nada. Cómo no iba a haber ganas, muchas, de que volviera Andrea Abreu. Ambientada en el noroeste de Tenerife en una etapa previa a la de Panza de burro, en Pajaritos preñados la oralidad vuelve a desbordar las páginas con un derroche de vida y anhelos en una isla que empieza a olvidar quién es frente a la falsa promesa de progreso del turismo. Aquí, dos personajes —Cathaysa, que acaba de cumplir 16 años, y el Tiznado, su padre, chatarrero y soñador— son los protagonistas de un universo plagado de secundarios tan únicos como inolvidables. Abreu dice que tuvo que aislarse del ruido para poder parir esta ficción que encumbra y abraza a los expulsados de los grandes relatos. También lo hizo para protegerse. Lo que brilla también quema. Pregunta. El título es una declaración de intenciones. Respuesta. Y es personal. Cuando era pequeña, así definían a mi abuelo. “Pero, muchacha, ese hombre tiene nada más que puros pajaritos preñados en la cabeza”. Yo asentía, pero, cuando me lo decían, me imaginaba el gajo de un pino con dos pajaritos embarazados juntos; ¿cómo iba a ser malo si es una imagen preciosa? Me he dado cuenta de que estoy muy conectada con mi abuelo por no mirar la vida desde la perspectiva hiperrealista que pide bajar los pies a la tierra. Si escribo es porque tengo la cabeza plagada de pajaritos preñados. P. De eso acusan al Tiznado en el libro, ¿tiene algo que ver ese personaje con su abuelo? R. Él también fue chatarrero. Se fue de casa cuando yo tenía ocho años. Fue una persona con muchos aspectos negativos, pero también era muy divertido y creativo con la música. Al principio, mi intención fue hacer una biografía ficcionada más periodística, tipo La pequeña niña comunista que nunca sonreía, a través de entrevistas con mis familiares, pero me asusté. No era capaz de afrontarlo porque a mi entorno le dolió mucho ese abandono. Yo tenía el rucurú y, al plantearme esta segunda novela, me dije: “¿Y si lo ficciono tanto que no tengo ni que preguntar?“. Ahí me di cuenta de que lo que quería era hacer era un libro de pura ficción. Inicialmente pensé que meterse en la psique de un señor mayor que bordea con la locura y la neurodivergencia sería muy difícil y que me sentiría más identificada con el personaje de Cathaysa, pero acabó siendo más cercano porque recientemente he descubierto que yo también soy neurodivergente. P. Llevaba mucho tiempo desaparecida. ¿Quería cuidarse tras ese diagnóstico? R. Me tuve que ir. Si estoy demasiado presente en lo público, no puedo entrar dentro de mí. Yo no había entendido hasta qué grado me estaba afectando hasta que recibí el diagnóstico hace poco. Sabía que no me sentaba bien la exposición y, siendo sincera, también sentía mucha presión por el efecto que había causado Panza de burro. Así que quise que este proyecto fuese para mí, algo que me interesara. Me alejé de las preguntas de si se parecería o no a Panza y me planteé varios objetivos mientras estudiaba teoría literaria: quería explorar a fondo la cuestión del lenguaje escribiendo una gran novela con muchos personajes y tramas, pero con dos voces alternas; introducir flashbacks directos, algo que nunca había hecho, y que las escenas se construyeran con los cinco sentidos, logrando que el tiempo atmosférico reflejase las emociones de los personajes. P. ¿De dónde le vinieron las ganas de escribir 500 páginas? R. Es curioso porque yo vengo del periodismo y estaba muy cómoda en la cultura de la tijera. Ir al grano. Ana, mi editora, me dio mucha confianza y me decía: “¿Cortar qué, si aquí no hace falta?”. Eso me ayudó a pensar en una novela grande. Evidentemente, no me comparo con ella, pero recordaba el poso que me dejó Las uvas de la ira, aquella idea de grandiosidad. Me apetecía algo así, expansivo como el gótico sureño. Y no como un libro elevado, sino el poder permitirme ocupar ese espacio. P. ¿Es una reacción a estos tiempos de novedades constantes, títulos que se consumen y olvidan casi como los reels de redes? R. Siento que somos algunas autoras las que estamos respondiendo a esta velocidad escribiendo más largo. No lo hacemos porque queramos aparentar, sino por la necesidad de marcar ritmos más pausados. Cuando terminé Panza..., pensé: ‘Ay, Dios, la gente está sacando libro cada dos años, me tengo que espabilar’. Me he trabajado esa angustia. Soy consciente de que el respaldo total de Anagrama por haber contado con este tiempo es un privilegio que muchas de mis amigas autoras no tienen, pero si me he vuelto más selectiva, tanto en la escritura como en la exposición, también es por pura supervivencia. Lo público afecta mi salud mental. Además, ¿qué sentido tiene publicar cada dos años si no hay nada que decir, si no estoy contenta con lo que estoy haciendo? Prefiero sacar un libro cada diez años. P. En este hay un poderío léxico innegable. La oralidad reivindica una identidad isleña que empieza a desdibujarse frente al espejismo de riqueza de la especulación turística. R. Necesitaba representar una cultura que cada día está más violentada por el turismo. Por eso la foto de portada dialoga tan bien con el texto. Es de mi amiga Lilia Ana Ramos Martín. Ella tiene un proyecto que se llama This is Acentejo y retrata al Norte de Tenerife como resistencia frente a la gentrificación. Antes de conocernos, Lilia Ana empezó a tomar fotos solo los días nublados, los de panza de burro, para salir de esa mirada estética y colonial sobre la isla. Decidió retratar la cotidianeidad de La Matanza. Cuando puso esa foto de estado de WhatsApp tuve un flechazo instantáneo de pajarito preñado. Era la foto de mi libro. Ella define a ese proyecto como “la antipostal”. Así como ella lo hace con sus fotos, yo lo he hecho en esta novela.P. Además, Pajaritos preñados transcurre en la misma zona. R. Siempre trabajo con el noroeste de Tenerife porque allí se da una conjunción de características históricas y culturales. Hay mucha relación con la cultura de los caballos, la agricultura y la música latinoamericana; pero también convive con la herencia de la colonización portuguesa y los trabajadores de la caña de azúcar de Madeira, que es de donde viene la familia de mi padre. Además, es la zona a la que huían los guanches rebeldes. P. El Tiznado atesora el libro de los nombres propios guanches. El texto defiende la memoria aborigen. R. En el colegio, de pequeña, contaron que mataron a todos los guanches. Es imposible haber asesinado a tanta gente. El proceso colonizador es mucho más complejo que esa afirmación simplista. Nos enseñaron a mirar a la península Ibérica y a Europa como símbolo de progreso. Nos hicieron dejar atrás rasgos de nuestra identidad que nos conectan más con el pueblo amazigh del África continental o con Latinoamérica y otras colonizaciones. Nos llamamos mestizos, porque lo somos, pero también formamos parte de un proceso violento. Ese borrado nos ha impuesto una mirada racista que empobrece una tradición literaria, musical y pictórica que nada tiene que ver con Europa. Yo no he inventado nada. En otras épocas, como en los setenta, también hubo un repunte literario y pictórico indigenista; luego llegan los olvidos. Y eso le pasó a mi generación, pero llega un momento en el que entiendes que nunca vas a ser tan bueno en el terreno de la literatura peninsular porque, precisamente, tú tienes otros rasgos. No puedes competir, trabajar ni moverte en ese entorno si continuamente vas a esconder tu forma de hablar y tu origen. Es algo que se nota muchísimo en televisión. La vergüenza está muy arraigada. P. Esta novela tiene carácter esotérico, con mucho amarre de brujería y males de ojo. Hay una atracción innata por el drama y lo mágico. Las mujeres del pueblo, si no tienen novelas que ver en la tele, se ponen malitas. R. Me gusta haber plasmado cierto hiperdramatismo. Es algo que me conecta con determinados lugares y la música de Latinoamérica. Nuestras canciones beben mucho de allí. Era otro de mis retos, hacer una telenovela en un libro. P. Una con mucho sexo y calentón corporal. Aquí hay tema del bueno. R. Es que mi forma de entender el deseo es como una canción de bachata. Fíjate que parece que yo pueda estar muy cómoda escribiendo de sexo con lenguaje explícito, pero yo he tenido que enfrentarme a mi clasismo con este tema. Recuerdo que una vez, en una fiesta a las tres de la mañana, se me acercó una persona y me dijo: “Tuve que dejar Panza de Burro porque me daba asco y me sentía muy violentada”. He reflexionado mucho sobre esa afirmación. Es algo que ocurre también con el reguetón: si genera rechazo en las clases pudientes, no es por la cuestión del machismo, sino por lo explícito que es. Pero escribir de forma tan explícita en esas escenas convierte al texto en algo tan visual y visceral que se convierte en una especie de potaje con el que te relacionas de una forma mucho más accesible y horizontal. Para llegar a ese punto, tienes que superar tu propia incomodidad, que funciona como una alarma porque ese sentimiento está asociado al rechazo de la cultura, la vida y el sexo de las personas pobres. De la misma forma que una tiene la mirada masculina interiorizada, también tiene dentro la mirada de un neurotípico y un burgués. P. La novela desafía esos límites. Y convierte en grandes las vidas que se consideran pequeñas: chatarreros, peluqueras, limpiadoras y mucho buscavidas. R. Aunque la periferia se está comiendo al centro, una de mis frases favoritas, piensa que no es tan habitual que una persona de la clase social de la que yo provengo participe del mundo literario de esta forma. Debes luchar contra tu policía interior. Crees que hay cosas que no deben formar parte de un libro. Agradezco mucho a las autoras latinoamericanas haberme ayudado en este proceso. Cuando leí Casa vacías, de Brenda Navarro, me encantó cómo plasmaba la violencia estructural. En la relación de maltrato, la mujer también golpeaba al marido, y aquello fue algo que nunca había leído en ninguna otra parte. Ahí pensé: ‘Quiero que la gente obrera se sienta representada, pero sin sentirse juzgada’. No se trata de hacer un panfleto político, sino de tensionar los límites de la realidad de los personajes y las cuestiones que todas debatimos.Poco antes de publicar esta entrevista, Andrea Abreu desactivó su cuenta de Instagram. En un intercambio de mensajes de WhatsApp, explica el motivo. “Me resulta muy difícil sentir que mi vida y mi tiempo son míos y de las personas que quiero cuando estoy conectada todo el rato, con tantas personas y anuncios y revoltillos que me chupan la atención y la energía. Con todo el tema del libro, necesito generar una sensación de intimidad y una de las cosas más claras que veo es salir de redes. Empecé por agotamiento y vi que me iba mejor así. No fue fácil y no es fácil. Quizá vuelva más adelante... para después volver a marcharme. Todo el mundo te cuestiona por no estar. Yo misma, a veces, me siento aburrida y lo echo de menos, pero no es posible estar expuesta a la opinión de miles de personas todos los días y sentirse tranquila. Por otro lado, siento que es una posición política: no me gusta el rumbo que están tomando las cosas, deseo disponer de mi atención y de mi tiempo y no entregárselo todo el rato al consumo. Aun así, me envicio a los shorts de YouTube, jaja. Me inspira mucho lo que escribió Juan Evaristo Valls en Jomo. Intento ser parte de esa renuncia, no participar tanto en la rueda, no producir y consumir cada minuto de mi día. Por eso también estoy haciendo una promoción más tranquilita. Tengo una energía muy limitada por salud. Aprendo mucho del anticapacitismo y de la teoría crip. Sé que otras personas no tienen el privilegio de poder elegir no hacer montones de actividades y estar presentes en redes todo el tiempo. Lo que más deseo es que las condiciones mejoren para todas y que todas podamos parar más, renunciar más, decrecer y tener una vida digna”.
Andrea Abreu vuelve tras el fenómeno ‘Panza de burro’: “¿Qué sentido tiene publicar cada dos años si no hay nada que decir? Prefiero sacar un libro cada década”
La tinerfeña publica ‘Pajaritos preñados’, una “novela antipostal” de 500 páginas en la que la oralidad se reivindica frente a la asimilación peninsular y la violencia turística






