Agosto aún no ha acabado y, quienes hemos disfrutado de vacaciones, aún tenemos en la piel el bienestar de la playa, la montaña, las risas y charlas, con amistades y familia. Volvemos a las ciudades, al trabajo, en coches, trenes, autobuses… con el propósito de alargar la paz mental del descanso y la reconexión con el ritmo del veraneo. Que dure la sensación de pecho amplio, expandido, del corazón latiendo lento, calmado, sin las prisas ni la irritación que durante el curso nos acaban arrastrando.
El mundo ha seguido girando, claro, mientras nos extasiábamos con el eclipse total de sol y el parcial de luna. Desastres naturales o guerras no han “cerrado por vacaciones” y, por más desconexión que se haya conquistado, como derecho legítimo, como necesidad terapéutica, por salud, mental y hasta física, nos han aguijoneado las noticias de incendios como el devastador, y no tan en el foco como otros, de Niebla (Huelva), los terremotos, sin víctimas en Granada y mortífero en Colombia, la letal riada entre Nepal y Tibet…














