Hay algo más peligroso que la violencia racista: que acabemos viéndola como una reacción inevitable -o justificable- ante una crisis migratoria. No lo es. Ceuta no es una excepción ni un estallido espontáneo. Tampoco toda protesta contra la gestión migratoria es necesariamente violencia ultra. Conviene mirar el patrón que vimos en Torre Pacheco, Southport, Epping y Belfast. Y que vuelve a aparecer en Ceuta.

La secuencia tiene cuatro fases: frustración, propaganda, movilización y violencia.