Este verano, Sandra ha vuelto a las fiestas de su pueblo después de diez años. Ha salido con la bici a primera hora junto a su tía para ver amanecer en el campo, antes de regresar a su hogar de infancia para abrir el ordenador y atender los correos y las reuniones por videoconferencia del banco en el que trabaja. Por unos días, Cristina deja de sentir que “se pierde” tantas cosas, al rodearse de sus padres, hermanos y sobrinos. Es la posibilidad que les brinda el teletrabajo, que sus empresas amplían en verano, lo que les permite ir a sus lugares de origen, una tendencia creciente para retener y fidelizar a los trabajadores.
“En agosto las oficinas se quedan desiertas. En realidad somos muy poquitos, no tiene sentido ir”, explica Sandra, de León, pero que trabaja y reside en Madrid desde hace años. Aunque en general tiene dos días de teletrabajo a la semana, su jefe le permite trabajar en remoto desde cualquier lugar en agosto, lo que ha aprovechado para ir a su ciudad de origen y a su pueblo familiar, también en la provincia leonesa.










